Las brujas que somos

Las brujas que somos
La vida está en gran parte compuesta por sueños. Hay que unirlos a la acción: Anaís Nin

domingo, 20 de abril de 2008

LA PARTIDA DE ITÁCA




Queréis calentaros junto a mí?
Os aconsejo que no os acerquéis demasiado: si no,
podríais chamuscaros las manos.
Pues ved, soy demasiado ardiente.
A duras penas logro impedir a mi fuego llamear fuera de mi cuerpo.
Nietzsche




LA PARTIDA DE ITÁCA

En esa mañana que prometía un día más de compartires y andanzas en su isla privada de espejismos, Penélope despertó y cavilo: Lo intimo es lo más profundo y singular de la experiencia humana, es el lindero entre el yo y lo que me rodea, en particular, el otro, ese otro que adquiere una dimensión de extensión de mi cuerpo y de mi espacio. Eres por ello único, Ulises, mi posibilidad y apertura, ahora entiendo por que te Amo.

Penélope en la orilla de su cama, entre colchonetas y girasoles se regaló su tierra abierta, un mar de gaviotas, una barca que viaja a tropel, un espejo que está en el sueño del deseo, de la búsqueda del goce.

Y estás ahí, pálida diosa que transmuta otro sentido de la belleza, luna que crece al margen de Afrodita, insensata concha que derrama humedades, que abre hendiduras, que se cierne en la vibración de los dedos golosos que desabrochan mentiras, al tiempo que se le escapan gemidos de esperanza.

En el fondo de mi piel, estoy por descubrir un nuevo mundo, navegante del éxtasis lubricidad de quimeras, olores que embriagan sexo, solo sexo.

...Azul, azul, azul.

Ojos que crecen, exóticas muecas que develan misterios, batallas de un coño que asciende feroz al último sentido.

Apriétate fuerte, abraza esas tetas que parecen bocas abiertas, nalgas amplias y desparpajadas que con soltura devoran lo que van conociendo de madrugada.

Ámate sibarita, ninfa carnal, salvaje grito que subvierte lo que en la luz te crece, grano de maíz que se estremece bondadoso cuando le llueven caricias, ooh, lascivia encantada que se abre ante tus rozados obscenos.

Agítate mujer, embriágate con tu venida de Venus y tu derrumbe a las estrellas, el cielo es tu tierra, tu cuerpo es el centro de tu vida, ... alcanza entonces la muerte.
......

Así estaba Penélope, escribiendo e inscribiendo el deseo en y con el cuerpo para experimentarse, para ser más allá que la entidad del lenguaje, de los sentidos y el placer, y entendió en ese momento que tenia un cuerpo para compartir verdades y existencias, para explorar geografías; abrazando, mordiendo, gimiendo y otra vez, otra vez comprendiendo su gozo, clamándolo al mundo.

Por ello, y con la convicción Batailliana de que “el otro es ante todo una deliciosa expresión de la vida” armó sus maletas, acumuló sus ganas y decidió esparcirlas por el mundo, amarse sola en la sombra de su desnudez, en sus tardes frondosas de selvas y desiertos, quiso saber a Ulises en la lejanía, en lo imaginario de saborear lo salado de su océano, lo lúdico que prometía su presencia y ausencia. ¿Será que te conozco vida y la luz nos espera?

Con el cabello revuelto de mañana, La mujer tomó papel y pluma de esperanza y redactó:

Ulises parto: Te amo, pero solicito la posibilidad ritual de hablar con nuestro cuerpo en la distancia y con ello sublevar al principio del sujeto, con otra lengua que nos traspase, mediante la irrupción en los dominios prohibidos del sueño, el inconsciente y por supuesto con el sexo, en donde liberaré las vastas regiones de nuestra experiencia que ahora se encuentran exiladas en las profundidades de la realidad.

El mito sagrado en el que creo, con el encuentro del “otro” implica el despliegue de todas las posibilidades dialógicas y eróticas que de una y otra forma te conducen aún sin buscarlo ni desearlo (con toda la delicia que ello implica) al desbordamiento, al caos, y por supuesto fuera de todo dispositivo de orden y autocontrol.

Por eso me voy Ulises, pues como en todo mito sagrado, la vida con el tiempo cotidiano sufre una transmutación, deja en ocasiones los rituales y se vuelve sucesiva, homogénea y vacía; pero cuando el mito se recrea de nuevo, otra vez refundamos a la lengua y la comunicación de los cuerpos; por ello Ulises buscaré canciones a veces de dolor, de protesta, de calma, o las sinfonías estallantes.

Me voy, herida de tu amor, con una apertura radical en las raíces de mi ser, que se abre y por la que fluyo, por la que fluyes, me asumo mi Ulises, como sujeto, cuerpo y discurso, tengo este cuerpo de la escritura y esta escritura del cuerpo que me constituye desde el principio del placer como fundamento, en donde se instalan el deseo y el erotismo como medio de entender la existencia.

No cabe duda mi Caballero, de que me urge sembrar mil estrellas en el aire para conquistar mi propio corazón, para encontrar lo imposible, para alimentar mi alma, para descifrarme y descifrar fragmentos de ti, para tratar de entender nuestras respectivas complejidades; soy caos, soy esa perfecta descripción de algún poeta que decía “los amantes que no saben cómo parar y que no pueden nombrar los estados por los que pasan”.

Por favor, Ulises, no quiero que la niebla del tiempo empiece a cubrir nuestros recuerdos del siglo pasado, quiero refundar contigo una ciudad. Otra ciudad en otro destino. Mi luna es hoy menguante y espera otra vez, tu infinito cielo rojo, con las palomas blancas que se estrellan.

Tuya hasta que tu quieras, pero hoy en la distancia: Penélope.

........

...Así, Penélope partió, y él, llego por un momento hasta el fondo del abismo, y la observo con deseo. Se hundió en lo que creyó su verdad. Y era cierto, ese mundo, ese ojo, esa mirilla, ese espacio efímero creado en su tiempo y para su tiempo, le trazaron la vereda de su acción. Ulises abrió sueños en su tierra y ahí con su levedad a cuestas, le sonrió al tren que pasaba y en donde ella se iba, en el que se marchaba para otro campo fuera del alcance de su labranza.

Desde ahí, la vio partir con quien no tejió más sueños compartidos, quien con ojos de muchacha voraz, simplemente emigró en búsqueda del color.

Ella muto despacio de diosa a mujer.

Ulises releyó la carta a él dedicada y le tomo con sorpresa el toque exquisito de su verga erguida hasta los limites del hierro candente.

-Qué bello testimonio de nuestro encuentro. Pensó Ulises.

...Cuando te vuelva a ver Penélope, eyacularé de placer en el instante, y tú te mojaras con una humedad de gozo incontrolable. Y nos comeremos a besos, y nos estrecharemos en un profundo abrazo, y nos miraremos con ojos de animal en celo, con deseos de abofetearnos placenteramente y de correr al sitio de destino para amarrarnos con furia, clavarnos de todas las formas posibles hasta sumergirnos en un universo de lujuria donde no exista más que el orgasmo perpetuo, los gritos, los clamores y ruegos.

Cuando eso pasé, ahí estaré, por lo pronto, yo también parto.

Y Ulises también dejo Itaca.

Diana Marina Neri Arriaga
Cuernavaca Morelos, agosto 2003... hace muchos años ya, pero sigue vigente porque ambos seguimos fuera de Itáca. ¿te acuerdas A?


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