Las brujas que somos

Las brujas que somos
La vida está en gran parte compuesta por sueños. Hay que unirlos a la acción: Anaís Nin

domingo, 25 de mayo de 2008

LA NOCIÓN DEL CUERPO ERÓTICO EN BATAILLE EN



Buena vida:

Les comparto entre los choritos de la vida y la disidencia, un texto que recién el miércoles 21 de mayo leí en el XXV encuentro nacional de estudiantes de filosofía en la BUAP en la Ciudad de Puebla, abierta pa' los jitomatazos y las palabras, Vale.


LA NOCIÓN DEL CUERPO ERÓTICO EN BATAILLE EN
CONTRAPOSICIÓN CON EL CUERPO MÁQUINA SADIANO:
LA PROPUESTA DE UN CUERPO POÉTICO


DIANA MARINA NERI ARRIAGA.

El cuerpo como un texto en fuga, el espacio del sentido y la aproximación del sin sentido, nuestro mayor signo ante el mundo, el lugar de todos los “riesgos que regulan el reparto de las fuerzas, los poderes y los códigos”.[1]


Considero que no solo es pertinente sino necesarisimo revisar las categorías fundamentales en torno al cuerpo y el modo en el que lo asumimos modernamente en occidente, en particular con relación a nuestra aproximación erótica, para ello establezco que Sade representa el paradigma de cómo los humanos utilizamos y cosificamos al otro, dándole la dimensión de existencia solo para la satisfacción de nuestras “parvedades” de contacto, uso y posesión. Al cuerpo entonces, se le ha vuelto preso, se le mecaniza, lo que implica una nueva forma de colocar al poder en el ámbito disciplina / docilidad, donde se corresponde una relación jerárquica sobre lo que fuese el cuerpo activo, constituyendo una anatomía política que coloca a los poderes como un ejercicio cotidiano que habita nuestros días.


El cuerpo es una superficie inscrita de eventos (delineados por el lenguaje y delineados y disueltos por las ideas), el lugar de la personalidad disociada (que adopta una ilusión de unidad sustancial) y un volumen de desintegración. La genealogía, como análisis de la decadencia, está situada así dentro de la articulación del cuerpo y la historia. Su tarea es exponer un cuerpo totalmente impreso por la historia y por el proceso de destrucción histórica del cuerpo.[2]

De ahí parto para desentrañar en el cuerpo los diversos lenguajes que lo habitan. Creo firmemente en Horkheimer y Adorno cuando apuntan que es el odio-amor hacia el cuerpo, lo que tiñe toda la civilización moderna. El cuerpo como lo que es inferior, es objeto de burla y maltrato, y a la vez se lo desea, como lo prohibido, reificado, extrañado.


...Sólo la civilización conoce el cuerpo como una cosa que se puede poseer, solo en la civilización el cuerpo se ha separado del espíritu como objeto, como cosa muerta, corpus. Con la auto degradación del hombre a la categoría de corpus la naturaleza se venga del hecho de que el hombre la degradó convirtiéndola en objeto de dominio, en materia prima.[3]

En este dominio, en estos modos nuevos de acceder al cuerpo, se ha permitido la manipulación de la naturaleza hasta el punto de moldearla acorde a los propósitos de uso, medios y fines. La pregunta Kantiana, siempre vigente, siempre incesante, sobre ¿Qué es el hombre? Nos lleva otra vez, irremediablemente a la apertura enigmática del saber del cuerpo, cuerpo en tanto ser de lo humano, cuerpo en tanto razón y objeto de estudio, cuerpo en tanto escritura, cuerpo subjetivable.


Un cuerpo que de acuerdo al modelo del Marqués de Sade –tan vilipendiado pero venerado al fin-, se le instituirá en la noción de docilidad, un cuerpo que puede ser tomado, utilizado, sometido, transformado, seccionado. La realización sexual deviene de la participación de órganos; los falos son fuelles, tubos o piedras que se clavan incesantemente, y las vulvas, coños, y anos, simplemente orificios que desfloran nuevas y cada vez más osadas emociones.


Baste una radiografía actual del contrato sexual, para subrayar como los cuerpos se ponen a prueba en “el reino del paraíso sexual”. Pirámides y composiciones corporales que son marcadas por un ritmo, un tiempo y espacio en donde el cuerpo casi enjuto, es penetrado, golpeado, excretado, fornicado.


Cuerpos que reflejan la forma de relacionarnos con/en el mundo y con/en el otro. Espacio y dimensión de la existencia que pudiese analizarse desde un momento histórico y un entramado cultural donde desde el arte, la ciencia y la filosofía, se hace evidente el cuerpo como posible objeto de reflexión; o desde el psicoanálisis con la conceptualización de un cuerpo-pulsión; con el marxismo desde la teoría de la plusvalía y el hombre como fuerza de reproducción, o bien desde las nuevas corrientes históricas, la lingüística, el estructuralismo y sus variantes “post”; la poesía, la danza, o el teatro contemporáneos, des-atan al cuerpo del campo de la biología y facilitan verlo como una realidad dinámica y compleja, siempre inasible; desnaturalizan el cuerpo y lo relacionan con otro orden, orden de cultura, de poder, de discurso. O verlo desde una escena política y social donde se identifica la relación entre cuerpo y horror: el cuerpo de las guerras y del holocausto, de la mutilación, el cuerpo de la imposición de un sexo sobre otro; el cuerpo de la dictadura en Latinoamérica, los cuerpos de nuestras muertas todas las de Juárez donde la tortura y la desaparición, la mutilación y el desamparo hacen de telón de fondo para el dominio sutil y/o terminante de los cuerpos.


Ahora bien, ¿Para qué estudiar al cuerpo desde la reflexión especifica de Sade y contraponerlo con un cuerpo abierto a la disolución de la que habla Bataille? ¿Qué importancia tiene esto en nuestros días, mientras otros cuerpos se tecnifican, o vegetan en el olvido de millones, o mueren en guerras, en el hambre o en la indiferencia que es más que una muerte lenta?


Hablo del Cuerpo con la avidez abrevada y tranquila, de la humedad cifrada, de sus selvas untosas y sus vertientes, hablo del erotismo, de las ciénega viva como el pilar de la expresión y vida con/en el humano. Hablo de la entrega radical, como la posibilidad de alcanzar “al ser en lo más intimo, hasta el punto del desfallecimiento”[4].


Sostengo que nuestro cuerpo es el vínculo que se abre a la continuidad, a un estado de comunicación que sobrepasa los límites del yo, un ser obsceno que se perturba con la alteración de todos los territorios trazados; un ser que muere con y a partir del otro, un ser que refunda, renueva su historia a cada instante.


Sencillamente un humano que en la entrega puede disolver el poder, reconfigura su modo de significarse y de estar, de ahí que se considera que tales elementos deben tomarse como sumo necesarios para una valoración de las formas de convivencia política.


La propuesta de una alternativa para ser pensada, es estar en la conciencia de esa fusión erótica que rompe individualidades, que desplaza al sujeto y que se abre sin más a cuestionarse en la trasgresión, posibilitando una transformación en el modo de participarse y de estar con el otro. Preocupación nodal de nuestro tiempo.


Permítanme agregar además, que estoy convencida que en el juego o rejuego en el que se ejerce el poder, la dicotomía sexo&poder, tiene sus ámbitos de expansión y contracción perfectamente identificables en los modos de asumir occidentalmente nuestro cuerpo y el ejercicio de éste, a través de renovados contratos sexuales.


Por eso Sade, por eso la pregunta que inquietó a Beauvoir y que sigue ahora permanentemente vigente. “Las verdaderas relaciones del hombre con el hombre”.[5]


Desanudar entonces esa jerarquía, ese constante reacomodo de fuerzas y dominio que se abren en lo sexual, nos permitirá identificar que no será posible luchar en el mero terreno de lo social, en la arena del campo político y comunitario, sino se revisan primero y/o paralelamente las formas de convivencia erótica. Revisar estos mecanismos, subvertirlos, abrirse a la visión Batailleana, pudiese darnos elementos para estar listos a la fragua del gozo, del dolor lo mismo que a la muerte, o más allá de estas, para vislumbrar el éxtasis, y con la conciencia de está, intentar una convivencia diferente, no de utilización, cosificación, sino de identificación, reconocimiento al otro. Una relación entre continuos y que se abre a la comunicación del compartir. Bordes profundos que pueden volverse practicas de libertad.


Por ello otra vez, la pregunta nos abraza de nuevo: ¿Podremos recuperar algún día nuestro cuerpo, enhebrar las historias sobre nuestros significantes corporales? ¿Liberarnos del ropaje de lo moderno en el sentido de funcionar de acuerdo a los preceptos de cuerpo cosa, cuerpo móvil, cuerpo de lo otro? ¿Cómo dejar de censurar el cuerpo, nuestra palabra, ese texto tan antiguo en que se nos inscribe la ruptura, ese cuerpo instrumento de disolución y desmoronamiento de los “limites” del yo, cuerpo del deseo abierto?


Su cuerpo pareció descubrirse con su desnudez, extendiéndose sobre sí mismo, nuevo, vivo e impersonal, como una frase nunca dicha, siendo la totalidad y cada una de las palabras, revelándose fuera de su ser dejando que Eduardo la tomara y acompañándola en su placer, para luego obligarla a seguirla en el suyo, hasta que uno y otro se confundía entre sí, extendiéndose sin limites, precipitándose de vacío en vacío, de plenitud en plenitud, en una serie de caídas interrumpidas hacia un espacio cada vez más amplio... tan inconmensurable dejo de existir, a pesar de que estaba más presente que nunca.[6]

De ahí que el proyecto que aquí se presenta, se encuentre estructurado a partir del amado y terrible cuerpo, las inscripciones e historia de éste campo lúdico y fértil desierto, de éste espacio de superficie y pliegue de profundidad. No cabe duda, que para “estar” frente a la “presencia” del otro, es el cuerpo el que me ha permitido ser mirado, escrutado o soslayado, llanamente “medido por una desdeñosa mirada o aún simplemente percibido por una mirada extraña”[7]


Siendo éste cuerpo como el colmo del mosaico de signos, como la enérgica voz simbólica que desde adentro me grita los susurros de la palabra, “...la piel, las manos, los ojos, la cara, no dejan de expresar, los gestos no dejan de significar, los vestidos no dejan de simbolizar y los propios silencios no dejan de hablar”[8]


Ahora bien, ¿como es que éste único punto posible de encuentro y de articulación “por el que puede pasar el hilo del relato o las metáforas de un poema”[9], se enlaza, comunica o conecta eróticamente con el otro? ¿Cómo es que este espacio abierto donde comparto la multiplicidad, esta cimiente de extensión puede desarrollarse con otro que me significa, y donde juntos, nos volvemos síntomas de tempestades, voces que se vuelven pieles, ojos que se plasman en expresiones que nos hablan, que nos callan?


Este es el punto central de nuestro texto, la hipótesis del cuerpo frente al desarrollo erótico con el otro, y la perspectiva desde las diferentes lecturas y modos de asumirse, por ello, Sade y Bataille nos han propuesto dos espacios de análisis para entender/entenderse distintos:


1) Entender la dimensión corporal y con ello, la relación erótica a partir de Bataille, siendo está una herramienta de la trasgresión, cada interdicto expresa así su cabal inutilidad ante la dentellada nauseabunda de la muerte o ante la exánime consecuencia del éxtasis amatorio.[10] Lo obsceno es decir, la extremosidad de la experiencia erótica, es la raíz de las energías vitales.[11]


Los seres humanos dice Bataille vivimos solo a través del exceso, por ello, hemos de estar abiertos, abiertos a la vida, y a la muerte.


El erotismo es un cuerpo que se escamotea a la materialidad aunque parta de ella, o mejor, es un cuerpo que se recrea o un cuerpo sobre el que se construye la poesía. Es por ello algo concreto, algo tangible, pero a la vez es un cuerpo inexistente en su concreción para detentarse en la concreción de la palabra. Cuerpo-texto que destruye el cuerpo - carne pero que se monta en él para transformarlo, para sustituirlo. Por ello es delito, es más, es perverso[12].

Así, su noción de cuerpo, abraza otros linderos, se bifurca en la noción de un cuerpo con huellas de persistencia, un goce que sobrepasa la experiencia y que marca el misterio del cuerpo que habla. Entiendo entonces, que el acto erótico puede hacernos trascender en el instante de la totalidad universal.


Éxtasis, es embriaguez, desdoblamiento, vacío, cambio, delirio. Para Bataille, el éxtasis es la única salida del no saber, al fusionarse y desaparecer en el instante el sujeto y el objeto, lo que permanece es el no saber, la noche. Por ello la experiencia interior es la ampliación de las posibilidades humanas hasta su límite. El cuerpo desnudo será la dimensión emblemática de la cancelación de la identidad.


-¿Quieres ver mis entresijos? -me dijo [Edwarda].


Con las manos agarradas a la mesa, me volví hacia ella. Sentada frente a mí, mantenía una pierna levantada y abierta; para mostrar mejor la ranura estiraba la piel con sus manos. Los "entresijos" de Edwarda me miraban, velludos y rosados, llenos de vida como un pulpo repugnante. Dije con voz entrecortada:


-¿Por qué haces eso?
-Ya ves, soy DIOS...
[...] Había guardado su postura provocante. Ordenó:
-¡Besa!
-Pero... ¿delante de todos?...
-¡Claro!
Temblaba; yo la miraba inmóvil; ella me sonreía tan dulcemente que me hacía estremecer. Al fin me arrodillé; titubeando puse mis labios sobre la llaga viva. Su muslo desnudo acariciaba mi oreja: me parecía escuchar un ruido de olas como el que se escucha en los caracoles marinos. En la insensatez del burdel y en medio de la confusión que reinaba a mi alrededor [...], yo permanecía extrañamente en suspenso, como si Edwarda y yo nos hubiéramos perdido en una noche de vendaval frente al mar[13].

La desnudez revela al cuerpo en su fragilidad, colocado en esa inminencia del derrumbe de todas las barreras de sí. El cuerpo desnudo, indefenso, es el cuerpo en su capacidad de entrega radical, despojado de otra máscara que no sea su espera. Es un cuerpo sometido a la presencia del otro, pero este sometimiento es la raíz de la intensidad que hace posible la voluntad de trasgresión. Los sujetos entregados a la desnudez experimentan esa intensidad ante el resplandor de la finitud escenificado y celebrado en la presencia del otro, pero esta intensidad tiene algo de oscuro, de incierto, de muerte.


Para Bataille, pensar el erotismo es pensar en la colindancia del don extremo y el despojamiento de sí mismo; es hablar de la celebración de la vida como derrame de la voluntad de disgregación, como desbordamiento de la intensidad. El cuerpo es el fundamento, el destino último y la potencia de la lucidez. El cuerpo entonces, es desmoronamiento de los límites, lugar donde la trasgresión tiene el espacio concreto, herida abierta que no es nada, si el otro no me conforma, el otro que me constituye y que en el nudo carnal se hace participe de lo imposible.


2) Nuestra segunda hipótesis se centra en la mirada a partir de los sentidos de la modernidad, en donde se ha enarbolado aún sin pensarlo o aceptarlo el discurso sadiano, un cuerpo que es relacionado como dijese Foucault con el orden, orden del placer, de poder, de discurso.


El poder, el saber y el placer son tres conceptos que se enlazan siempre en el discurso sexual Sadiano, en donde los libertinos infiltran y controlan nuestros cuerpos a través del placer. El otro solo existe en la medida de la necesidad del libertino, es una maquina ejecutante que debe recomponerse y operar de acuerdo a la composición de la obra, actúan como orquestadores, cómplices o victimas. La actuación sexual es un acto de equilibrio entre la pasión y razón, donde no hay desborde, no vértigo, en lo absoluto, desorden o experiencia de límite sino autoritarismo y represión. Y bajo condiciones tales, la concepción y el proyecto sobre el otro, está negada. De ahí que diga Batrhes: “La práctica sadiana está dominada por una gran idea de orden: los “desarreglos” se organizan enérgicamente, la lujuria no tiene freno, pero sí orden”[14]


A Sade tal y como paradigma de lo moderno, le preocupa el orden[15], el tiempo y la acción, se interesa por la particular coherencia del libertino, quien soberbiamente desempeña su papel de orquestador, y donde precisamente, todas las escenas lubricas están compuestas con sumo cuidado; sus personajes siempre bien diferenciados, nunca son mediocres, o representan lugares comunes, sino tienen una causa específica de existencia: libertinos que aceptaron el vicio como modo de vida (Dolmance etc), libertinos que se esfuerzan por crecer en el ámbito (Norceuil), virtuosos a los que se impulsa o se les obliga a vivir en el vicio (Sophie, Justine, Aline y Valcour, Eugene etc), y el pueblo, a quien desprecia y son objetos indispensables para decorar la escena, maquinas bien dotadas en el caso masculino, y bellos traseros dispuestos a ser profanados en el caso femenino. Solo eso. Desprecio. Dice Sade en un dialogo entre Norceuil y Juliette después de la celebración de una orgía: “-¡Qué imbéciles son estos seres - Dice Norceuil-; son las máquinas de nuestras voluptuosidades, y eso es demasiado poco para sentir nada. Tu espíritu más sutil me capta, me entiende, me adivina; Juliette, lo veo, amas el mal”[16].


Así, el esquema de la actividad es más importante que el contenido mismo[17], elementos que se conjugan con la virtud y vicio en su más grado extremo, son los que se comunican, sin comunicación en sí,


Los héroes de Sade no comunican con la carne que zajan, no le dan al otro el placer, se niegan a fundirse en el nudo carnal; están perpetuamente aparte, tensos dentro de un proyecto que los desplaza. En su aislamiento magnífico parecen afirmar que el negocio es entre ellos y una trascendencia que no alcanzan, pero tampoco rechazan. La gran flaqueza de Sade es su incapacidad de asumir el vacío[18].

A partir del texto Sadiano, hemos considerado la manifestación latente de la modernidad a partir del cuerpo recortado, inventariado. Un cuerpo maquina que está comprometido al “destino de las pulsiones”. Pareciera entonces que “el prójimo es antes que nada un dispositivo que empalmar al suyo”.[19] Lo que me interesa entonces en el cuerpo de lo otro, es aquello que permita una adecuada regulación de mi goce, “la mejor conexión de los dispositivos”[20].


Tomaré lo que más me apetezca de la maquina de fornicar, culos, tetas, coños, sujetaré brazos y alzaré piernas. Entraré en trance con una absoluta despersonalización, no es mi cuerpo como frontera o régimen de experiencia, es la reducción maquínica, el imperio de la productividad máxima.


Inmediatamente mi cuerpo fue utilizado con un acerico de vergas de toda especie y tipo, que se clavaron en él, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis...Hasta que perdí la cuenta. El asalto no se interrumpía, cubo tras cubo de esperma hirviente se vaciaba dentro de mi, miembro tras miembro penetraba en mi boca, en mi culo, en mi coño.[21]

Lo erótico entonces, es reducido por la modernidad al reducto de una maquina humana gobernada por el placer[22], el cuerpo es el depositario donde se enumeran el “agotamiento de las posibilidades de destruir a los seres humanos, de destruirlos y gozar con el pensamiento de su muerte y de su sufrimiento”.[23]


Claro es, que Sade es el primero en darle a la razón, el sentido de frenesí, sobre la negación de los cuales la conciencia fundó el edificio social y la imagen del hombre[24]. De tal modo, nos representamos “a nosotros mismos como entidades bien definidas y nada nos parece más seguro que el YO que funda el pensamiento, y cuando alcanza los “objetos” es para modificarlo para su uso: nunca es igual a lo que no es él”.[25]


Se trata del reflejo del hombre contemporáneo, de usar al cuerpo como conducto del “placer a todo precio”,[26] lo que facilita la valorización de las partes corporales y particularmente en la exigencia de las posibilidades sexuales que determinan al individuo, medidas estas en cuanto a la forma y el tamaño; la “estética” está contemplada a partir de la medida exterior y el funcionamiento. Sade, siendo ahora vivido en cualquier encuentro o aspiración de hombres y mujeres modernos, gusta de pieles blanquísimas, senos firmes, culos redondos y compactos, pequeñas cinturas, expresiones como “ostentaba la figura flexible y firme de una muchacha de diez años menos”[27] o “tenía puesta una enagua casi transparente que permitiría contemplar con ventaja los globos llenos y redondos de sus pechos y una cinturita de avispa que se ensanchaba en la magnificencia abombada y admirable de sus caderas”[28], son recurrentes y dan forma al cuerpo sadiano, cuerpo que se cerca a partir de sus contornos físicos, que se plastifica e inventaría a partir de los elementos anatómicos que se le trabajen y moldeen. Un cuerpo que es ahora “terriblemente ostentado, desacralizado, maquinizado, parcelado, contabilizado y unido extrañamente a una cabeza impasible que programa sus actividades y monopoliza su goce”.[29]


Precisamente está manera Sadiana de vivir y asumir el cuerpo, es el reflejo, y aquí la parte nodal del planteamiento, es la forma en que se establece la relación no solo en el campo de lo erótico sino en todos los renglones de la vida comunitaria.


¿Cómo asumir las implicaciones con/en mi cuerpo? ¿Cómo intentar siquiera modificar las formas de convivencia política si no cambian la manera de concebir, de vivenciar las relaciones eróticas?
Por ello, ahora nos preguntamos como se organiza “un cuerpo” en un orden social de exclusión, cuál es el correlato corporal de “consumidor” como figura que ha ido desplazando a la de ciudadano de sus derechos. ¿Cómo se vivencian ahora los límites del cuerpo, el afuera y el adentro, cuando lo público y lo privado cambian de escenarios? ¿Qué impacto en la vivencia de un cuerpo propio tiene esta globalización salvaje, donde hasta las funciones biológicas más primarias como la procreación y el embarazo están regidas por la precariedad del empleo, la desocupación, la inseguridad? ¿Cómo comprender, es decir, interpretar, la posibilidad de la disolución del yo, la cancelación de la identidad, la desintegración del sujeto, cuando existe un hombre como Sade fiel representante ilustrado que nos recuerda que somos maquinas de la voluptuosidad, arrebato del placer, que hay que romper el cuello, “torcer la cabeza para contemplar a la vez, la cara y el culo”[30], para utilizar, destruir?


La apuesta y en este sentido creemos firmemente en Bataille es entender el cuerpo como sustrato, como sostén de la experiencia, la condición de arraigo en el ámbito de la existencia, y que posibilita formular el sin sentido cuando accedemos al rompimiento de los limites corporales, y alcanzamos con ello, la entera desnudez, la entrega radical a quien me dio plena existencia: el otro. El erotismo como trasgresión, como juego extático, elevación, tensión que irresistiblemente conoce a la “alegría hasta en la muerte”[31], tocar fondo, habitar al modo de Nietzsche, el abismo, esa especie de vértigo en el que el yo no le pertenece a nadie sino que es esa fuerza de la sensualidad la que crea ese despliegue de imágenes y metáforas, esa corriente vital que crea la luminosidad de lo erótico”.[32]


Y a partir de está premisa a la manera de lo señalado por Leo Bersaní, podríamos reconocer que a través de nuestro cuerpo se juegan los más elaborados mecanismos de poder y sujeción, pero si precisamente reconocemos todos estos ámbitos de control, que circundan y abrazan a muestro cuerpo, podremos entonces desenmascarar, denunciar, desnudar, esa coordenadas políticas que se encuentran desarrolladas en el acto erótico: heterenormatividad, activo/pasivo, penetrador/penetrado, etc. En fin, el juego binario del opresor/oprimido, roles que se resignifican y cambian a cada momento, y en donde ya hay una moral “valorada”, un establecimiento del nexo de conexión de “unos sobre los otros” y “los otros sobre los unos”, por que sin duda, no hay que perder de vista que en las “relaciones de poder, se encuentra uno ante fenómenos complejos que no obedecen a la forma hegeliana de la dialéctica”[33], siendo claro que uno de los puntos de expansión del poder es precisamente lo corporal, “...El poder se ha introducido en el cuerpo, se encuentra expuesto en el cuerpo mismo”.[34]


En el intento de desnudar a cada momento siempre bajo una nueva circunstancia el poder que nos atraviesa, podríamos atrevernos a romper las estructuras binarias, despojarnos por un momento de los discursos y hacer también de la perdida de poder un goce, es decir, es “(...)Casi imposible no asociar la dominación y la subordinación con la experiencia de nuestros placeres más inmensos”.[35] Lo que implicaría que más allá de asumir un texto pertinente sobre los fantasmas del poder y la subordinación corporal, podemos a través también de una apuesta política, romper los binarismos y apostarle al vértigo, asumir que alternativa y simultáneamente somos uno y potencialmente muchos, y siempre con una tensión perpetua y permanente en el campo de las posibilidades. Asumir un cuerpo dialogico, para después desmoronarlo, morir con el otro en el instante del paroxismo, apertura radical, creación de nuevas resistencias que nos permitirían, llevándolas al plano de la discontinuidad, a darle a cada momento, nuevos sentidos a nuestras relaciones de reconocimiento y convivencia con el otro. Desgarraduras que a cada momento se configuran, enlazan y reconvierten. Indispensable una trasgresión de las polaridades, que como Bataille ha propuesto, “podría ser el sentido profundo de ciertas experiencias místicas”.[36]


Lo que implicaría por ejemplo, una subversión del masoquismo, y de otras vías de comunicación erótica; cultivando también el placer en el reconocimiento de la perdida del poder, pero no para un amo, no para perpetuar binarismos y fragmentar la experiencia de la emergencia del vacío; sino precisamente para confirmar con claridad la liberación de uno mismo, posibilitar la disolución de sí, la ausencia de sí, la aproximación a la muerte, ser parte de todo para estar abiertos a todos. Una desidentidad liberadora, que permitiría sin más, la refundación de las formas de vida discontinuas, del separado y distinto por medio de la comunicación intima con el otro, esa comunicación que desgarra la crisálida protectora de su yo, para quedar abierto y desnudo ante la noche. Y desnudos y abiertos, recocernos, sabernos y posibilitar otras formas de comunicación.


He aquí la propuesta, ábrase la discusión.


[1] Hénaff Marcel, Sade: La invención del cuerpo libertino, Ediciones destino, Barcelona, 1980, p, 15.
[2] Foucault Michel, “Nietzsche, genealogía, Historia” en Lenguaje, Contramemoria, Práctica: Ensayos selectos y entrevistas, Ed, Donald Bouchard, Itaca, Cornell, University Press, 1977, p, 148.
[3] Horkheimer Max, Adorno W. Theodor, Dialéctica del Iluminismo, ed, cit, p, 274-275
[4] Bataille Georges, El erotismo, Tusquets, México, 1997, p, 22.
[5] De Beauvoir Simone, El Marques de Sade, Siglo XX, Buenos Aires, 1975, p, 50.
[6] García Ponce Juan, “El libro” en Novelas Breves, Alfaguara, México, 1996, p 333.
[7] Finkielkraut Alain, La sabiduría del amor, Generosidad y posesión, Gedisa, Barcelona, 1999, p, 22.
[8] Hénaff Marcel, Sade: La invención del cuerpo libertino, p, 23.
[9] Idem
[10] González Vidaña Braulio, Georges Bataille y la transgresión de la mirada, s.d.
[11] Sontang Susan, “Sade y Bataille” en Revista de la Universidad de México, Literatura y pornografía, Volumen XXXII, número tres y cuatro, noviembre- diciembre de 1977, p, 86.
[12] Glanz Margo, “Poesía y erotismo” en Bataille George Lo imposible, Premia editores, México, 1989.
[13] Bataille Georges, Madame Edwarda,, Tusquets, Barcelona, 1988, pp.48-49
[14] Barthes Roland, Sade, Fourier, Loyola, Ediciones Cátedra, Madrid 1997, p, 144.
[15] El orden es necesario para la lujuria, es decir, para la transgresión; el orden es precisamente lo que separa la transgresión del cuestionamiento. La razón es que la lujuria es un espacio de intercambio: una práctica contra un placer; los “desbordamientos” deben ser rentables; hay que someterlos por lo tanto a una economía, y esta economía debe planificarse en Barthes Roland, Sade, Fourier, Loyola, p, 156.
[16] Marques de Sade, Juliette, en Obras Selectas, Edimat, España, 1992, p, 123
[17] Horkheimer Max, Adorno W. Theodor “Juliette o Iluminismo y Moral” en Dialéctica del iluminismo, Sudamericana, Buenos Aires, 1980.
[18] Gaitán Duran Jorge, Sade Contemporáneo s.d.
[19] Hénaff Marcel, Sade: La invención del cuerpo libertino, p, 31.
[20] Idem
[21] Sade, Juliette, p, 136.
[22] Volleve Michel ed, El hombre de la ilustración, Alianza Editorial, p. 14.
[23] Bataille Georges, “Sade” en La Invención del Sadismo, Litoral, número 32, Ediciones de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, México, 1996, p, 67.
[24] Ibidem, p, 72.
[25] Ibidem, p, 74
[26] Bloch Iwan, Sade y su tiempo, Juan Pablos Editor, p, 22
[27] Sade, Juliette p, 12
[28] Ibidem, 13
[29] Hénaff Marcel, Sade: La invención del cuerpo libertino, p, 23.
[30] Marques de Sade, “Los ciento vente días de Sodoma”, en Obras completas, Tomo Segundo, Ed, Edasa, México, 1985, p, 264.
[31] Constante Alberto, La obscenidad de lo transparente, p.33
[32] Ibidem, p, 35
[33] Foucault Michel, Microfísica del poder, La piqueta ediciones, Madrid, 1992 p, 104
[34] Idem
[35] Bersani Leo, ¿El recto es una tumba? En Cuadernos del litoral Ediciones de la école lacanienne de psychanalyse, Córdoba, Argentina, 1999, p, 56
[36] Ibidem, p, 59.

sábado, 17 de mayo de 2008

LA POÉTICA TRANSGRESORA DEL CUERPO ERÓTICO EN BATAILLE


LA POÉTICA TRANSGRESORA
DEL CUERPO ERÓTICO EN BATAILLE



El pulgar en el coño
el cáliz sobre los senos desnudos
mi culo ensucia el mantel de los altares
mi boca implora oh cristo
la caridad de tu espina.
Georges Bataille.


¿Cómo hablar de Bataille sin que el lenguaje nos ate y se nos acaben las palabras y nos devoren los signos? ¿Cómo pensar en Georges Bataille cuando no se soporta más la emoción punzante y la razón nos enardece, cuando nuestro vientre se asoma al vacío? ¿Cómo ser con Bataille cuando nos colma y llega la larga y triste muerte, “(...) el silencio ahogado de una tumba bajo una hierba hirviendo de gusanos, este sentimiento de alegría perdida con esta estatura de estrellas y luego nada”[1]? ¿Es posible quedar en la nada?


Yo sencillamente, deseo estar con Bataille.


He decidido abrir la crisálida ríspida de la razón, -que de acuerdo a la tradición de los actuales horizontes de comprensión- resguarda en un cofre lo que se ha pretendido erigir como: La verdad. ¿Puedo hablar así en presencia de Bataille? ¿Puedo siquiera analizar, des-estructurar des-atar el discurso?


Seguramente no y por ello tomaré algunas llaves para destapar el cofre e intentar narrar en este camino el proyecto de la experiencia interior, de la pérdida de categorías sine qua non que toman otro sentido en las ficciones batailleanas y que permite pensar a la filosofía más allá de sus límites, y así, vulnerable y expuesta, podamos los sujetos, no necesitar cofres y fluirnos en la comunicación de la experiencia.


En tal sentido, he de analizar en un primer momento una noción clave, la de la economía general, que nos permite desenvolver los elementos básicos de nuestro análisis, es decir, el encuentro con el otro, y que se entiende a partir de la prohibición, la transgresión, el erotismo, lo sagrado, la noción de sacrificio que dará pauta para adentrarnos a la comprensión del rompimiento del yo y abrirnos así a la continuidad, permitiéndonos el asomo a lo imposible: La experiencia interior.
Estos elementos nos permiten enhebrar un discurso que nos enseña al erotismo como una experiencia de la muerte, y que abre el camino para el encuentro de un cuerpo dialogico, es decir, el cuerpo erótico y que pudiese ser cuerpo político, que constituye desde mi perspectiva precisamente la poética de Georges Bataille.

ACUMULACIÓN Y GASTO:
CLAVES BATAILLEANAS DE SU ECONOMIA GENERAL.

La obra de Georges Bataille examina la danza de opuestos que funda el orden social y el desorden de las pasiones, es decir, estudia el campo del ahorro y el gasto, la ley y su violación. Lejos de proponer una apología del placer, un rescate de la crueldad o una "metafísica del mal", Bataille se mueve en el fluir a través de la lógica de la transgresión y se adentra en el ANTI SISTEMA, en el NO SABER, aquel que nada organiza, nada propone y aún con el más estricto rigor teórico, no cabe en nada ni en nadie, por ello en Bataille, sólo tenemos la narración, la experiencia.


Dicha experiencia tiene que ver con lo sagrado, con lo erótico, con todas aquellas actividades “desviadas” propiamente de la reproducción, encontrando ya el primer desafío al sistema, la primer transgresión ante lo que el “orden natural” así señala, pues no podríamos vivir solo con la acumulación de las energías que apiladas solo elaboran constructos cada vez más sofisticados para el crecimiento del sistema. Hemos de derrochar la energía, dilapidarla en formas no acumulables: masturbación, ebriedad, juego, risa, sacrificio, éxtasis...
Pero, ¿Cómo es que surge esa energía? ¿Qué entiende Georges Bataille por útil e inútil o improductivo?


Contrario al análisis convencional de la economía política que siempre ha explicado la dinámica histórica a partir de la escasez de recursos, Bataille en su enunciación de una Economía General, señala que la vida sobre la tierra es principalmente el efecto de una interesante exuberancia. Cito: “(…) la fuente y la esencia de nuestra riqueza se encuentra en la radiación del sol, la cual dispensa energía —riqueza— sin contrapartida. El sol da sin recibir”.[2]


La cuestión de esta economía general se sitúa en el plano de la economía política, pero la ciencia designada con ese nombre no es más que una economía restringida (a los valores mercantiles). Aquí se trata del problema esencial para la ciencia que trata del uso de las riquezas. La economía general pone en evidencia, en primer lugar, que se producen excedentes de energía, que, por definición no pueden ser utilizados. La energía excedente no puede hacer otra cosa sino perderse sin la menor finalidad, en consecuencia sin ningún sentido. Es esa pérdida inútil, insensata, lo que es la soberanía.[3]

Nuestro autor traza una economía de “(…) la energía sobre la tierra” que debe tomar en cuenta tanto la venta de un producto como la manducación, el don de una joya como un sacrificio humano.[4] Es decir, se trata de acuerdo con Bataille de pensar en términos de productividad/utilidad e improductividad/inutilidad, ya que precisamente éste último principio, el de inutilidad o pérdida, será el que incida en el movimiento de las acciones humanas.


Dice Bataille: “Los hombres aseguran su subsistencia o evitan el sufrimiento no porque estas funciones impliquen por sí mismas un resultado suficiente, sino para acceder a la función insubordinada del gasto libre”.[5]


Hablamos de gasto productivo, precisamente con el desarrollo, la expansión y lo referente a la acumulación de energía que los seres humanos reservan y les permite la subsistencia en la mundanidad, en el quehacer de la cotidianidad, sin embargo tal energía, se acumula de tal modo que “sobrepasa” la necesaria para su crecimiento y la reproducción ordinaria


(…)La radiación solar tiene como efecto la superabundancia de la energía en la superficie del globo. Pero en principio, la materia viva recibe esta energía y la acumula en los límites establecidos por el espacio que puede acceder. A continuación la irradia o la dilapida, pero antes de dedicar una parte apreciable de la energía acumulada a la radiación la utiliza en el máximo del crecimiento. Solo la imposibilidad de continuar el crecimiento de paso a la dilapidación.[6]

Por ejemplo, la reproducción sexual permite un gran consumo de energía excedente, consumo que puede llegar a un lujo innecesario y que es precisamente donde se configura la improductividad.


El gasto improductivo sustrae la esfera humana al trabajo, ya que precisamente se conforma por la pérdida gratuita del excedente de energía. El gasto improductivo es el que tiene la finalidad en sí mismo: no sirve para nada más que para el gasto; nos afirma como sujetos soberanos, mira nuestra libertad y nos libera de la instrumentalidad, suspende la cosificación o utilidad productiva. Para que haya gasto improductivo es necesario que haya un sacrificio lo que implica en términos de –nuestro autor- volver a lo sagrado.


El sacrificio es abandonar lo útil, la herramienta; y es un don, que es el suspender la identidad. El ejemplo que da Bataille es el del Potlatch, como ritual sagrado. Otro ejemplo es el erotismo. En un contexto donde el sexo era considerado como un fin para la reproducción humana, el sexo sin finalidad de procreación humana sostiene lo irracional y es, así, un gasto improductivo que se asemeja a la transgresión de la ley.


Para Bataille la sexualidad y la muerte son momentos agudos de una fiesta que la naturaleza celebra y ambas tienen el sentido del despilfarro ilimitado en contra del deseo de durar que es lo propio de cada ser, de ahí la afirmación de que el sentido último del erotismo es la muerte.[7] Además del erotismo, el arte de la poesía, las fiestas donde se desborda la energía, ciertos deportes como las corridas de toros, gastos suntuarios como el regalar joyas también constituyen ejemplos de gastos improductivos.


En la productividad el trabajo y la producción se desprenden de todas las connotaciones rituales, religiosas, subjetivas, etc.


El ser humano se encuentra sellado por la conciencia y la razón, siendo éstas las que nos lanzan hacia el trabajo y determinan las necesidades básicas de una mundana subsistencia: comer, beber, dormir, etcétera. Pero hay otro tipo de “intersticios” que nos remiten al campo inmaterial y que son subjetivamente variables, a diferencia de las necesidades primarias que son objetivamente fundadas, tales “faltas” se encuentran en el derroche de energía de forma “gratuita” que ejerce el humano, y que lo pueden conducir hasta el ámbito de la soberanía, que es el poder de elevarse en la indiferencia ante la muerte, por encima de las leyes que aseguran el mantenimiento de la vida.


La rebeldía es la única postura que otorga al hombre su “totalidad”, su máxima intencionalidad, su grandeza en la medida en que se sustituye su espíritu de conservación y apego a la vida por la tolerancia y búsqueda de la muerte. Es la necesidad de la materia viva de consumir el exceso de recursos lo que empuja al movimiento, a la acción, a la producción; gasto de excedentes de energía, que Bataille denomina consumición. La producción de materias y el conjunto del trabajo, tan ciertamente innecesaria para el conjunto de formas vivas que habitan el planeta, son nuestra forma cultural y vital de gastar o consumir este excedente que viene dado en primer lugar por una energía solar que posibilita de por sí sola la existencia de vida. Si la hipótesis de partida significa ya una ruptura con el resto de puntos de vista clásicos, las soluciones que plantea son aún más interesantes.
Leemos que se deja de hablar de consumo para hablar de consumación. Consumación es consunción, esto es: destrucción y gasto. Recuperar la animalidad perdida es buscar la soberanía: el negarse como siervo. La soberanía implica ir mas allá de la utilidad, implica un gozo del tiempo presente. Gozo que está presente cuando las emociones quiebran el instante de ruptura.
Es un más allá de la utilidad porque el hombre no sólo tiene hambre de pan, sino también de quimera. Por ello, en el campo de la economía general, el fundamento último es “(…) el sinsentido, que abarca en su estudio no solamente la energía espumeante y en ebullición del universo sino que aborda también la utilización y pérdida de recursos realizados por el hombre”.[8]

PROHIBICIÓN Y TRANSGRESIÓN: ELEMENTOS NODALES PARA LA COMPRENSIÓN DE LA CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD

Vivimos con las prohibiciones, formamos parte de ellas y se nos muestran de las más variadas formas: “La primera de estas prohibiciones es consecuencia de la actitud humana para con los muertos”.[9]


De ahí que se vincule en particular con la muerte y la reproducción (en sus especificidades a través de la prohibición del incesto, la sangre menstrual y la sangre del parto) Oposiciones radicales que se unen: Muerte y reproducción. Dialéctica que se afirma y se niega.


Así, las “(…) prohibiciones respondieron al parecer, a la necesidad de expulsar la violencia fuera del curso habitual de las cosas”.[10] En tal camino seguimos a Bataille en la afirmación de que
(…) La vida es un movimiento tumultuoso que no cesa de atraer hacia sí la explosión. Pero, como la explosión incesante la agota continuamente, solo sigue adelante con una condición: que los seres que ella engendró y cuya fuerza de explosión está agotada, entre en la ronda con una nueva fuerza para ceder su lugar a nuevos seres.[11]

En dicha vida “(…) no hay prohibición que no pueda ser transgredida y a menudo, la transgresión es algo admitido o incluso prescrito”.[12] Y es precisamente en el campo de lo humano en donde se evidencia y manifiesta la tensión: Prohibición-Transgresión.
Tensión que siempre aparece en el discurso, en los actos, en el vuelco que nunca suprime a lo prohibido y que es también un gasto inútil que excede y contrapone el mundo de la legalidad, pero más allá, de la noción de ley misma; lo que precisamente permite la conexión para el deslizamiento entre los seres discontinuos, precisamente aquellos que
(…) como seres que se reproducen son distintos unos de otros y los seres reproducidos son tan distintos entre sí, como de aquellos de los que proceden. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero solo él está interesado, directamente en todo eso. Solo él nace. Solo él muere, entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad.[13]

Y esa línea, ese brevísimo límite puede ser rebasado, roto -por ejemplo- en el campo de lo sagrado que es “(…) justamente la continuidad del ser revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser descontinuo”.[14]
Roto desde el acto erótico o el sacrificio que es en donde se revela su continuidad que “(…) recuerda la de unas aguas tumultuosas. En el sacrificio no sólo hay desnudamiento, sino que además se da muerte a la víctima (…) la víctima muere y entonces los asistentes participan de un elemento que esa muerte les revela”.[15]
También en la maravilla de la poesía, pues a decir del autor, ésta nos lleva al mismo punto que todas las
(…) formas del erotismo, a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y por medio de la muerte a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es la mar que se fue con el sol.[16]

En la medida en que el deseo (clave de la filosofía batailleana) se proyecte hacia la transgresión, siendo una de éstas la violencia que el humano podría tocar el espacio de lo ilimitado, de lo informe, la vorágine que va siempre más allá de cualquier significativo lingüístico, de cualquier acotamiento o representación espacial, he ahí la cima de la transgresión. Y siguiendo ahora a Foucault nos “(…) lleva al límite hasta el límite de su ser, lo conduce a despertarse ante su desaparición inminente, a encontrarse de nuevo con lo que excluye, a experimentar su verdad positiva en el momento de su pérdida”.[17]
No es casual, entonces, sino consustancial, que el camino del deseo lleve también a la violencia. Y en esa violencia inexpugnable queremos hurgar hoy, y específicamente en el “(…) terreno del erotismo que es esencialmente el terreno de la violencia”.[18]
En el alma del erotismo pelea la llama de la rebeldía; el erotismo se constituye como un rechazo a las prohibiciones, a todo lo que controla la vida; el erotismo es también búsqueda de delicia que lleva al paroxismo, y éste solo se logra con la transgresión de las normas; y aquí el desequilibrio de la belleza erótica se mide en proporción de la destrucción. El erotismo –dice nuestro autor, es “(...) lo que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser”.[19]
Somos eternos rehenes de la “moderna razón” y ésta continúa obstaculizando la gestualidad perversa en cuanto subordina la exuberancia del deseo a las funciones básicas del mantenimiento y la reproducción de la vida. Para lograr este objetivo estratégico, es decir, el control y administración de la vida, la “Razón”, por medio del lenguaje y las prácticas de poder, produce la "realidad" y, simultáneamente, produce también el plegamiento que instala determinadas fuerzas sobre un cuerpo, terminando por encarnar el "sujeto" del lenguaje lógico.[20]


En las escenas de la vida mundana, la razón ha pretendido reducir la fuerza del erotismo al campo de lo meramente sexual. Por ejemplo, en la forma visual y plástica contemporánea algunos autores manejan la espectacularidad y lo obvio: grandes imágenes genitales inmersas en horizontes lúdicos, o lo evidente, el sexo por el sexo. Lo interesante del lenguaje del cuerpo y su amplia gama de vislumbres es su capacidad de confrontación con el otro, su iniciática forma de ponernos al tanto de la fortaleza y la vulnerabilidad del hombre.[21]
Precisamente porque en el erotismo, lo que seduce es la transgresión de lo prohibido.
(...)En el sexo se muestra tan bruscamente ávido de todo lo que violenta el orden que basta el más imperceptible llamado de los sentidos para que de un golpe su rostro adquiera un carácter que sugiere directamente todo aquello que esta ligado a la sexualidad profunda por ejemplo, la sangre, el terror súbito, el crimen, el ahogo, todo lo que destruye indefinidamente la beatitud y la honestidad humana.[22]

Así entendido, el sexo es un acto en sí mismo, un acto que puede hacernos trascender en el instante de la totalidad universal; el erotismo puede emerger de un conjunto de gestos transgresivos en presencia del sentido y del sujeto, una negatividad de base entre el enfrentamiento y la correlación.


El campo de lo erótico necesita indisolublemente de la imaginación poética como ancla de la búsqueda dolorosa, el encuentro con la muerte.


Ahí, donde la ofrenda de un abrazo alejan por un instante perdido a los fantasmas del horror, y donde siempre se teje una compleja red sobre la experiencia de lo imposible, es donde se encuentra la expresión soberana.
Para Bataille, cada acto erótico es una herramienta de la trasgresión, cada interdicto expresa así su cabal inutilidad ante la dentellada nauseabunda de la muerte o ante la exánime consecuencia del éxtasis amatorio.[23] Lo obsceno, es la raíz de las energías vitales.[24] Los seres humanos dice Bataille vivimos sólo a través del exceso, por ello, hemos de estar abiertos, abiertos a la vida, y a la muerte.


“La transgresión se abre a un mundo centelleante y siempre afirmado, un mundo sin sombra, sin crepúsculo, sin ese deslizamiento del que no muerde la fruta y le hinca en el corazón, la contradicción consigo misma”.[25]


La idea del deseo está subjetivada en la separación de los amantes, de aquellos sujetos que viven en la expectativa de la fusión con el otro. Fusionarse para el desborde, cancelación de la identidad que nos enlaza con la locura.

LOS CAMINOS DE LA EXPERIENCIA INTERIOR:
EROTISMO, CUERPO, COMUNICACIÓN Y FRACTURA DEL YO


El erotismo exige siempre un cuerpo para manifestarse y quizá ese cuerpo sea siempre un cuerpo de delito. “Léase bien, no me refiero a un cuerpo del delito sino a un cuerpo de delito.


Todo cuerpo es bien concreto aunque el delito no lo sea y el erotismo lo señala aunque en realidad lo trascienda”.[26]

El misterio del cuerpo que habla es el misterio de la poética del inconsciente, es el misterio que tiene su causa en el deseo que lo habita, por esto decimos, es desde el inconsciente que el cuerpo toma voz y produce su llamado.
El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos vive por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito.[27]

El erotismo es un cuerpo que se escamotea a la materialidad aunque parta de ella, o mejor, es un cuerpo que se recrea o un cuerpo sobre el que se construye la poesía. Es por ello algo concreto, algo tangible, pero a la vez es un cuerpo inexistente en su concreción para detentarse en la concreción de la palabra. Cuerpo-texto que destruye el cuerpo - carne pero que se monta en él para transformarlo, para sustituirlo. Cuerpo que es delito, es más, que es perverso.[28]
El erotismo no es fruto de un impulso ciego, ni de un arrebato en el paroxismo de la locura. Pero si es, y aquí se marca la elemental distancia con otros autores, es la clara aprehensión de la experiencia del vértigo. La trasgresión no es colocarse más allá de la ley, como lo pretendió el marqués de Sade, sino en la ley misma, en los linderos de lo tolerable, donde se experimenta la extinción de todo orden, de toda identidad.[29]
Ser y estar en el cuerpo como un tejido que se hilvana y rompe en la continuidad/discontinuidad, territorio que se abre en un relato de desesperación, hendidura abierta que se traga al tiempo, cisma del pensamiento que derrocha risa, poesía y éxtasis que nos conforman.
La negación plena a todo aquello que nos reduce el mundo de la necesidad y de la acción.
(...)Ese mundo donde el trabajo se acumula, donde los bienes se atesoran, donde se satisfacen las necesidades, en suma, el mundo de la producción y del consumo elementales, es lo opuesto a la soberanía que anhela la poesía y toda experiencia auténtica. Mediante el gasto sin finalidad, el sacrificio, el potlacht, la experiencia imposible –porque las condiciones de posibilidad son parte de aquello que niega– nos ofrecería una serie de espectáculos, representaciones de la muerte.[30]

La risa, la poesía, lo sagrado, el erotismo, la profunda experiencia mística, son fugaces retornos a la continuidad aquella que está en los senderos de lo quimérico y que se toca con la perdida. Sacrificar al otro para ofrecerse también como materia de destrucción en el acto sacrificial. Dualismo en el que el sujeto se convierte en ejecutor y ofrenda del sacrificio.
Violencia profunda que se vincula con la experiencia conciente de la muerte, precisamente como una experiencia significada que se da a partir de ver y entender la muerte del otro, el acto erótico es entonces, el despliegue de la conciencia de la finitud, y al comprender la pérdida es necesario comprender también la otredad. Somos –sin duda- seres enclavados en la falta.
Esta dualidad del sujeto, su doble posición como objeto de destrucción y de entrega, va a conferir al acto erótico su particularidad. El acto erótico entonces, no es solamente esta confrontación agonística trascendental del sujeto con la ley --colocarse a sí mismo en los límites de la extenuación de la norma o de la legalidad--, es, sobre todo, perderse en esta turbulencia de la negación y la disgregación de las identidades[31].

El momento del encuentro erótico es el momento privilegiado de la fundación de un lazo de continuidad entre los seres. Es la ruptura de la discontinuidad a la que nos condenan el trabajo, los hábitos, el régimen de identidad cotidiana. Incluso nuestro nombre se vacía en la voracidad del encuentro. Construye la discontinuidad de la vida a partir de la continuidad que enlaza la vida y la muerte, es el momento de crispamiento de la vida y plenitud de la muerte. El erotismo –escribió el filósofo francés- es “(…) la aprobación de la vida hasta en la muerte”.[32]

En tales momentos, el sujeto se sustrae al mundo del trabajo y se pertenece a sí mismo, pertenece al mundo de la continuidad, experimenta la transgresión del límite, límite impuesto por el mundo del trabajo, por la ley, la razón, la palabra.
La experiencia interior, la experiencia soberana es el reino del no-saber, del éxtasis; en la medida en que se ha transgredido el mundo de la razón no es posible saber NADA, la espera se ha resuelto en NADA (como en la muerte), se ha hecho el vacío de pensamiento en el espíritu; nos hemos desencadenado de la actividad útil, se ha producido el advenimiento del milagro, la fusión del objeto y del sujeto, transfigurándose el sujeto en no-saber y el objeto en lo desconocido; nos alojamos en el plano del sí mismo, que podríamos nombrar como un lugar de comunicación entre los sujetos.[33] Estamos en el sitio de la conciencia que es una fisura en la indeterminación del ser, en la apertura del ser.

El éxtasis es el goce de sentirse engendrado en el infinito de ese instante.[34]

El erotismo se inscribe en el cuerpo pero se aleja totalmente de él, se convierte al volverse poesía en un no-cuerpo y, por tanto, todo erotismo está tocando, gozando el cuerpo pero al tiempo que lo evita y lo desmaterializa y lo vuelve palabra armada para descubrir al mundo, para batirse con él y contra él, para devolverlo entero a la mirada que lo busca, para trascenderlo y transgredirlo.
Imposible pensar en un cuerpo que no pese y no duela; estamos comandados por las palabras, con un lenguaje que se muestra, que es una huella de persistencia, una marca que se orienta hacia el dolor, un goce que sobrepasa la experiencia mística, que marca precisamente el orden de encuentro.

Éxtasis es embriaguez, desdoblamiento, vacío, cambio, delirio. Para Bataille, el éxtasis es el no saber, es fusionarse y desaparecer en el instante el sujeto y el objeto, lo que permanece es el no saber, la noche. Por ello la experiencia interior es la ampliación de las posibilidades humanas hasta su límite. “Definiría así gustosamente el éxtasis: el sentimiento alegre pero angustiado de mi estupidez desmesurada”.[35]
Ya años atrás Pierre Klossowski hablaría del erotismo en estos términos: “(…) Fuera de sí, el interior convertido en exterior, desplegados los pliegues del alma en las fijas volutas de mármol”.[36]
Nuestro esfuerzo incesante e inconsciente es un tender hacia fuera del tiempo, al instante extático que realiza nuestra libertad. Si etimológicamente existir es estar puesto fuera de la esencia, entonces el deseo es dejar de existir para recobrar esa esencia mediante la acentuación, hasta el paroxismo de lo humano, de la demasiada humana materialidad corporal.
El cuerpo desnudo será para Bataille la dimensión emblemática de la cancelación de la identidad.
-¿Quieres ver mis entresijos? -me dijo [Edwarda].
Con las manos agarradas a la mesa, me volví hacia ella. Sentada frente a mí, mantenía una pierna levantada y abierta; para mostrar mejor la ranura estiraba la piel con sus manos. Los "entresijos" de Edwarda me miraban, velludos y rosados, llenos de vida como un pulpo repugnante. Dije con voz entrecortada:
-¿Por qué haces eso?
-Ya ves, soy DIOS...
[...] Había guardado su postura provocante. Ordenó:
-¡Besa!
-Pero... ¿delante de todos?...
-¡Claro!

Temblaba; yo la miraba inmóvil; ella me sonreía tan dulcemente que me hacía estremecer. Al fin me arrodillé; titubeando puse mis labios sobre la llaga viva. Su muslo desnudo acariciaba mi oreja: me parecía escuchar un ruido de olas como el que se escucha en los caracoles marinos. En la insensatez del burdel y en medio de la confusión que reinaba a mi alrededor [...], yo permanecía extrañamente en suspenso, como si Edwarda y yo nos hubiéramos perdido en una noche de vendaval frente al mar. [37]

La desnudez revela al cuerpo en su fragilidad, colocado en esa inminencia del derrumbe de todas las barreras de sí. El cuerpo desnudo, indefenso, es el cuerpo en su capacidad de entrega radical, despojado de otra máscara que no sea su espera.
Es un cuerpo sometido a la presencia del otro, pero este sometimiento es la raíz de la intensidad que hace posible la voluntad de transgresión. Los sujetos entregados a la desnudez experimentan esa intensidad ante el resplandor de la finitud escenificado y celebrado en la presencia del otro, pero esta intensidad tiene algo de oscuro, de incierto, de muerte.[38]

Para Bataille, pensar el erotismo es pensar en la colindancia del don extremo y el despojamiento de sí mismo; es hablar de la celebración de la vida como derrame de la voluntad de disgregación, como desbordamiento de la intensidad. El cuerpo es el fundamento, el destino último y la potencia de la lucidez.

El cuerpo múltiple y sin fin, que construye Bataille se abre en la posibilidad que el autor construye en el ojo pineal, descrita como
(...) una ficción del comienzo que se aleja del orden de los datos originarios y da cabida a la topologizaciòn de la materialidad del cuerpo, a la manifestación de sus superficies. Esta fábula ficción aparece, como el mismo Bataille lo precisa, como la búsqueda de un absurdo dado en la angustia que nos permite recusar la pregunta por el origen para dejarnos depositados del sentido garantizado por el orden real y abiertos al sin sentido de lo desconocido.[39]

El cuerpo entonces, es desmoronamiento de los límites, lugar donde la transgresión tiene el espacio concreto, herida abierta que no es nada si el otro no me conforma, el otro que me constituye y que en el nudo carnal se hace partícipe de lo imposible.

En el erotismo, podemos en el instante desgarrar la noción de un cuerpo cerrado, y quedar abiertos, indefensos y poner en juego la existencia misma. Cito:
Bésame –me dijo- para ya no pensar. Mete tu boca en la mía. Ahora sé feliz un instante, como si yo no estuviera arruinada, como si no estuviera destruida... quiero arrastrarte en mi muerte. Un corto instante del delirio que yo te dé...?no vale el universo de imbecilidad donde los demás tienen frío?, te di lo que tenía, más puro y violento: el deseo de no amar sino aquello que me desnuda. Y ahora estoy más desnuda que nunca.[40]

Como leemos, en Bataille la fuerza o movimiento de la libertad que existe frente al ser amado, es violencia, angustia y todo ello contribuye a la resolución del amor en el vacío.[41]


EROTISMO Y MUERTE:
IR MÁS ALLÁ DE LOS LÍMITES DEL INTERDICTO


Tengo frío en el corazón y tiemblo
desde las profundidades del dolor te llamo
con un grito inhumano, como si pariera.
Tú me ahogas como la muerte
lo sé desgraciadamente
sólo te encuentro agonizando
eres bella como la muerte.
Todas las palabras me ahogan[42]


En el erotismo y la muerte, se produce un enloquecimiento espasmódico que nos corroe y nos lleva al fin último de todo acto erótico: ir más allá de los límites del interdicto.
“(…) La muerte deja, incesantemente, el espacio necesario para la llegada de recién nacidos y, sin embargo, maldecimos de un modo totalmente absurdo aquello sin lo cual no existiríamos.”[43] Dice en La Parte Maldita.


Hay en la muerte una indecencia, distinta, sin duda alguna, de aquello que la actividad sexual tiene de incongruente. La muerte se asocia a las lágrimas, del mismo modo que en ocasiones el deseo sexual se asocia a la risa; pero la risa no es, en la medida en que parece serlo, lo opuesto a las lágrimas: tanto el objeto de la risa como el de las lágrimas se relacionan siempre con un tipo de violencia que interrumpe el curso regular, el curso habitual de las cosas. Evidentemente el torbellino sexual no nos hace llorar, pero siempre nos turba, en ocasiones nos trastorna y, una de dos: o nos hace reír o nos envuelve en la violencia del abrazo... es debido a que somos humanos y a que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte el que conozcamos la violencia exasperada, la violencia desesperada del erotismo.[44]

El erotismo es también invención y fundación de un tiempo, y no la construcción mecanizada del orden de los cuerpos, es más bien, tiempo de encuentros. La condición única e irrepetible, quizá fatal y de un instante donde convergen dos sujetos en ritual de espera, en mutua destrucción de sí, en la posibilidad de creación y recreación de la experiencia de la finitud, “(…) lo que llamamos muerte es antes que nada la conciencia que tenemos de ella”.[45] Quienes convergen en el momento erótico, no podrán jamás repetir esa experiencia. Cada encuentro es único. No hay nada que se repite o se parece, la fugacidad es lo que permite la noción de voluptuosidad o de vértigo. Es el momento de encuentro entre la paradoja de discontinuidad y continuidad. La vida nunca será la misma, después del encuentro erótico.


Somos seres discontinuos, individuos que morimos aisladamente en una aventura ininteligible, pero tenemos la nostalgia de la continuidad perdida. Llevamos mal la situación que nos clava en la individualidad del azar, en la individualidad caduca que somos. Al mismo tiempo que tenemos el deseo angustiado de la duración de este caduco, tenemos la obsesión de una continuidad primera, que nos liga generalmente al ser. [...] Cualquiera puede sufrir por no estar en el mundo a la manera de una ola pérdida en la multiplicidad de las olas, que ignora los desdoblamientos y las fusiones de los seres más simples[46].

En el encuentro erótico fundamos una red de continuidad entre los seres. Y cuando ésta se rompe, cuando el mundo, vuelve a ser el mundo, otra vez nos subsumen los hábitos, el régimen de identidad cotidiana, las labores de la vida. Hemos vuelto de la maravillosa vaciedad de la discontinuidad de la vida a partir de la continuidad que enlaza la vida y la muerte, es el momento de crispamiento de la vida y plenitud de la muerte.[47]


(…) La muerte de uno es correlativa al nacimiento de otro; la muerte enuncia el nacimiento y es su condición. La vida es siempre un producto de la descomposición de la vida. Antes que nada es tributaria de la muerte, que le hace un lugar; luego lo es de la corrupción, que sigue a la muerte y que vuelve a poner en circulación las substancias necesarias para la incesante venida al mundo de nuevos seres.[48]

Por ende, paradójicamente al mostrar el sin sentido de la muerte, se nos está arrojando con más fuerza a la afirmación de la vida, y a romper con las estructuras y los órdenes que nos obligan a perdurar como seres cerrados.


La existencia discontinua de los cuerpos vestidos es horadada por la desnudez que de manera obscena desordena el estado de los cuerpos incomunicados, revelando los senderos hacia la continuidad posible de la piel descubierta, y que ya desposeída de toda individualidad duradera y firme se abre ante la muerte, donde ya no se trata de temerle o de pedirle que nos guarde algún paraíso prometedor. Cuando le apostamos a la vida del instante, la angustia ya no es espera; “(…) sólo se angustia quien ha caído en el tiempo, quien habita en un mundo donde prevalece la razón instrumental, la operación previsora, ahorrativa, que dispone de los momentos futuros”.[49]
“(…) El horror a la muerte no está solamente vinculado al aniquilamiento del ser, sino también a la podredumbre que restituye las carnes muertas a la fermentación general de la vida”.[50]
En Bataille nos sabemos en la muerte por el otro, pero también deliciosamente nos perdemos en el rostro sórdido de la muerte quieta y loca que sobrepasa incluso al “vértigo supremo”. Díaz de la Serna nos lo dice con claridad:
“(…) La muerte es lo único que existe suficientemente sucio. Nada mejor que ella habla del deseo que se apodera de los cuerpos entregados al exceso. Santo festín del cadáver: acto vano que no logra disminuir la desesperación suprema.”[51]


Con la voluptuosidad, vendrá el fallecimiento, pero después otra vez, la infinita posibilidad de transfigurar nuestra vida, aunque sea por un instante.
La voluptuosidad en que te hundes ya es tan grande que puedo hablarte: después de la voluptuosidad, vendrá tu desfallecimiento. Entonces partiré y jamás volverás a ver a aquella que te espero para solo entregarte su ultimo aliento. ¡Ah! Aprieta los dientes hijo mío, te pareces a tu sexo, a tu sexo mojado de rabia que crispa mi deseo como un grillete.[52]

La apuesta y en este camino creemos firmemente en Bataille es entender el cuerpo como sustrato, como sostén de la experiencia, la condición de arraigo en el ámbito de la existencia, y que posibilita formular el -sin sentido- cuando accedemos al rompimiento de los limites corporales, y alcanzamos con ello, la entera desnudez, la entrega radical a quien me dio plena existencia: el otro. Y es que en la muerte, “(…) La vida y el deseo hallan su unidad.”[53]


Entendemos entonces, el erotismo como transgresión, como juego extático, elevación, tensión que irresistiblemente toca fondo, habita el abismo, una especie de vértigo en el que el yo se disuelve, ya no es propio de nadie, sino que es esa fuerza de la sensualidad, la que crea ese despliegue de imágenes y metáforas, “(…) esa corriente vital que crea la luminosidad de lo erótico”.[54]


Oh, desventura! La sangre brota de mis senos
mi garganta se abre a la muerte con un fatal ronroneo...
Entrego mi vida a las sonrisas socarronas del placer:
en el olor embriagador del dinero.
Deja que una última atadura ciña a tus riñones
el vestido pegajoso de la muerte.[55]

LA POÉTICA BATAILLEANA Y LA
POSIBILIDAD DEL CUERPO POLÍTICO


Es importante partir de la concepción que sostengo de la poética batailleana. Hablo de la poesía en Geordes Bataille desde su odio a ella, desde su rechazo al lenguaje que significa, que afirma y llama a la cosas por su nombre, el lenguaje del sentido que convencionalmente es el lenguaje de la poesía.
Bataille rechaza el proyecto poético, que intente maquillar, espiritualizar, sublimar o embellecer lo que nos tortura, horroriza y repulsa, para nuestro autor no hay salvación ni refugio; odia aquella poesía intelectual que luce en los coloquios y obtiene premios, se opone a la poesía que se erige como discurso, que se sitúa en la seguridad de las cosas, aquella que desconoce o huye del vértigo, aquella poesía que no se asoma a la muerte, aquella poesía subordinada y encantadora.
Odia pues, los fetiches de la cultura.
Nuestro autor apela a otra poética, aquella que niega y rechaza al sistema, la poesía de la insubordinación, donde me atrevo a sostener que aquí guarda también, sin que el mismo Bataille así se lo propusiera o siquiera pensara; una visión política, de esa otra política subversiva que a través de la poesía cuestiona y enfrenta lo establecido.
Una poesía de lo desconocido; perder, morir, disolver, desaparecerse y no dejar poesía.
Rimbaud, Baudelaire y Artaud hacen poesía desde esta concepción, una poesía que se sobrepasa a sí misma, la poesía como acto de destrucción.
Por este camino Julia Kristeva señala que para Bataille, el lenguaje poético es una irrupción violenta de la negatividad del discurso que denuncia toda unidad y destruye al sujeto.
Desbaratando la lógica, atentando contra la realidad y no en el sentido de aniquilamiento, sino empujando a la realidad hacia la nada: il sombre dans la nuit.[56]
Entonces cuando los cuerpos se vuelcan y se estremecen, cuando se muere con el otro en el instante del paroxismo, ya no se esta partiendo del concepto de la angustia sino se narra el propio dolor, la experiencia de la angustia y la muerte. Es ahí donde también se encuentra la poesía, donde está el silencio. Una fuerza que se da por la supresión del lenguaje y el discurso.
Hablamos de la apertura radical, con la creación de nuevas resistencias -que nos permitirían-, llevándolas al plano de la discontinuidad, de la vida cotidiana, nuevos sentidos a nuestras relaciones de reconocimiento y convivencia con el otro. La belleza y el horror del otro.
Desgarraduras que a cada momento se configuran, enlazan y reconvierten. Indispensable una transgresión de las polaridades, que como Bataille ha propuesto, “(…) podría ser el sentido profundo de ciertas experiencias místicas”.[57]
Lo que sustentaría por ejemplo, una subversión en las vías de comunicación erótica, y que implica la hipótesis de que al fragmentar la experiencia de la emergencia del vacío se confirma con claridad la liberación de uno mismo, y así posibilitar la disolución de sí, la ausencia de sí, la aproximación a la muerte, ser parte de todo para estar abiertos a todos. Una a identidad liberadora, que permitiría sin más, la refundación de las formas de vida discontinuas, del separado y distinto por medio de la comunicación intima con el otro, esa comunicación que desgarra la crisálida protectora de su yo, para quedar abierto y desnudo ante la noche. Desnudos y abiertos, reconocernos, sabernos y posibilitar otras formas de comunicación.
Temas como el agua, el ojo, el mar, el cuerpo, el deseo, la piel, horror, la risa, la noche callada, la embriaguez, la oscuridad, la desmesura, el recuerdo, la nostalgia, el vivaz y desgarrador instante, el sueño, el exceso y por supuesto, la nausea, pueden ser bajo esta perspectiva, nuevas categorías para un cuerpo dialógico, también para un cuerpo poético y por supuesto, para un cuerpo político.

[1] Bataille, Georges, La experiencia interior, Taurus, Madrid, 1981, pp. 183-184.
[2] Bataille, Georges, La Parte Maldita, precedida por La noción de consumo, Edhasa, España, 1974, p. 64.
[3] Bataille, Georges, “De la economía restringida a la economía general. Un hegelianismo sin reserva” en Derrida, Jaques, La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona, 1989, p. 371.
[4] Ibidem, p. 378.
[5] Bataille, Georges, “La noción de gasto” en la critique sociale. número 7, enero de 1933, Trad. Israel Lugo Hernández, p. 12.
[6] Bataille, Georges, La parte maldita, precedida de La noción de gasto, Icara, Barcelona, 1987, p. 65.
[7] Bataille, Georges, El erotismo, Tusquets, Barcelona, 1997, p. 25.
[8] De la Fuente Lora, Gerardo y Flores Farfán, Leticia, “El erotismo y la constitución de agentes transformadores”, Tesis de Licenciatura en Filosofía, UNAM, México, 1984, p. 45.
[9] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 46.
[10] Ibidem, p, 59.
[11] Ibidem, p, 63.
[12] Ibidem p, 67.
[13] Ibidem, pp. 16-17.
[14] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 27.
[15] Ídem.
[16] Ibidem, p. 30.
[17] Foucault, Michel, “prefacio a la transgresión” en Lenguaje y literatura, p. 128.
[18] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 21.
[19] Ibidem, p. 33.
[20] En este sentido, el cuerpo y los quehaceres y discursos que lo habitan, han generado un cuerpo encerrado en los límites de la piel. La corporalidad es aquello que sólo puede existir en un lugar del espacio a la vez y dentro de las fronteras de su figura física. Así pensó el cuerpo Descartes y así lo piensa hoy la modernidad.
[21] Rocío Cerón es poeta, Texto leído por la autora en la mesa redonda sobre sexualidad y arte, dentro del ciclo Políticas de identidad, en X`Teresa Arte Actual, versión estenográfica, 2003.
[22] Bataille, Georges Historia del Ojo, Premia, colección los brazos de Lucas, México 1987, p. 23.
[23] González Vidaña, Braulio, Georges Bataille y la transgresión de la mirada, s.d.
[24] Sontang Susan, “Sade y Bataille” en Revista de la Universidad de México, Literatura y pornografía, Volumen XXXII, número tres y cuatro, noviembre- diciembre de 1977, p. 86.
[25] Foucault, Michel, “Prefacio a la transgresión” en Lenguaje y literatura, p. 130.
[26] Glanz, Margo, “Poesía y erotismo” en Bataille Georges Lo imposible, Premia editores, México, 1989, p. 17.
[27] Octavio, Paz, La llama doble. Amor y erotismo. Seix Barral, 1993, p. 78.
[28] Glanz, Margo, “Poesía y erotismo” en Bataille George Lo imposible, op, cit, p. 20.
[29] Mier, Raymundo, Bataille: Erotismo y trasgresión, s.d.
[30] Mattoni, Silvio, La lucidez y el deslumbramiento Prólogo de “La felicidad, el erotismo y la literatura”, de Georges Bataille en http://www.revistalote.com.ar/Nro059/lucidez.htm
[31] Mier, Raymundo, Bataille: erotismo y trasgresión, op. cit,, p. 78.
[32] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 15.
[33] Novalbos Francisco, Rosa, “Acumulación y gasto: Lo trágico en Georges, Bataille” Conferencia pronunciada en el XXXVI Congreso de Filósofos Jóvenes celebrado en Madrid, abril de 1999.
[34] Rosado, Juan Antonio, “Erotismo, misticismo y arte” en periódico unomásuno, 1 de octubre del 2000.
[35] Bataille, Georges, La experiencia interior, op. cit., p. 183.
[36] Klossowski, Pierre, Roberte esta noche, Era, México, 1983, p. 45.
[37] Bataille, Georges, Madame Edwarda, Tusquets, Barcelona, 1988, pp.48-49.
[38] Mier, Raymundo, Bataille: erotismo y trasgresión, op. cit.
[39] De la Fuente Lora, Gerardo, Flores Farfán, Leticia, “El erotismo y la constitución de agentes transformadores”, op. cit., 35.
[40] Bataille, Georges, Mi Madre, Premia editora, Los brazos de Lucas, México, 1983, p. 141.
[41] López Farjeat, Luis Xavier “La comunicación: Breton, Bataille y Paz” en Breton, Bataille y Paz Dialéctica del espejismo surrealista, s.d.
[42] Bataille, Georges, “Tengo frío...” en LAYLAH, Revista de cultura oscura, Número 11, 2003, http://www.laylah.net
[43] Bataille, Georges, La parte maldita, EHASA, España, 1974 p.70.
[44] Bataille, Georges, Las lagrimas de Eros, op. cit., p. 69.
[45] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 48.
[46] Ibidem, p. 28.
[47] Novalbos Francisco, Rosa, Acumulación y gasto: lo trágico en Georges Bataille, op, cit.
[48] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 59.
[49] Díaz de la Serna, Ignacio, “Tu que aumentas los pecados del mundo” en Los bufones celestiales. Estudios de filosofía-historia-letras Otoño 1991, http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras26/texto4/sec_1.html
[50] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit, p. 59.
[51] Díaz de la Serna, Ignacio, Del desorden de Dios, Ensayos sobre Georges Bataille, Taurus, España, 1997, p.50.
[52] Bataille, Georges, Mi madre, op. cit., p. 142.
[53] García Ponce, Juan, Las huellas de la voz, Volumen 4, ficciones, Joaquín Mortiz, México, 2001. p, 18
[54] Ibidem, p, 35
[55] Bataille, Georges, “Corifea” en LAYLAH, Revista de cultura oscura, Número 11, 2003, http://www.laylah.net
[56] Kristeva, Julia, “Bataille, l’experiencé et la practique” in Bataille, Paris, U.G.C. 1980, Trad. Israel Lugo Hernández, p.18.
[57] Georges Bataille, El erotismo, op,cit., p. 59.