Las brujas que somos

Las brujas que somos
La vida está en gran parte compuesta por sueños. Hay que unirlos a la acción: Anaís Nin

sábado, 17 de mayo de 2008

LA POÉTICA TRANSGRESORA DEL CUERPO ERÓTICO EN BATAILLE


LA POÉTICA TRANSGRESORA
DEL CUERPO ERÓTICO EN BATAILLE



El pulgar en el coño
el cáliz sobre los senos desnudos
mi culo ensucia el mantel de los altares
mi boca implora oh cristo
la caridad de tu espina.
Georges Bataille.


¿Cómo hablar de Bataille sin que el lenguaje nos ate y se nos acaben las palabras y nos devoren los signos? ¿Cómo pensar en Georges Bataille cuando no se soporta más la emoción punzante y la razón nos enardece, cuando nuestro vientre se asoma al vacío? ¿Cómo ser con Bataille cuando nos colma y llega la larga y triste muerte, “(...) el silencio ahogado de una tumba bajo una hierba hirviendo de gusanos, este sentimiento de alegría perdida con esta estatura de estrellas y luego nada”[1]? ¿Es posible quedar en la nada?


Yo sencillamente, deseo estar con Bataille.


He decidido abrir la crisálida ríspida de la razón, -que de acuerdo a la tradición de los actuales horizontes de comprensión- resguarda en un cofre lo que se ha pretendido erigir como: La verdad. ¿Puedo hablar así en presencia de Bataille? ¿Puedo siquiera analizar, des-estructurar des-atar el discurso?


Seguramente no y por ello tomaré algunas llaves para destapar el cofre e intentar narrar en este camino el proyecto de la experiencia interior, de la pérdida de categorías sine qua non que toman otro sentido en las ficciones batailleanas y que permite pensar a la filosofía más allá de sus límites, y así, vulnerable y expuesta, podamos los sujetos, no necesitar cofres y fluirnos en la comunicación de la experiencia.


En tal sentido, he de analizar en un primer momento una noción clave, la de la economía general, que nos permite desenvolver los elementos básicos de nuestro análisis, es decir, el encuentro con el otro, y que se entiende a partir de la prohibición, la transgresión, el erotismo, lo sagrado, la noción de sacrificio que dará pauta para adentrarnos a la comprensión del rompimiento del yo y abrirnos así a la continuidad, permitiéndonos el asomo a lo imposible: La experiencia interior.
Estos elementos nos permiten enhebrar un discurso que nos enseña al erotismo como una experiencia de la muerte, y que abre el camino para el encuentro de un cuerpo dialogico, es decir, el cuerpo erótico y que pudiese ser cuerpo político, que constituye desde mi perspectiva precisamente la poética de Georges Bataille.

ACUMULACIÓN Y GASTO:
CLAVES BATAILLEANAS DE SU ECONOMIA GENERAL.

La obra de Georges Bataille examina la danza de opuestos que funda el orden social y el desorden de las pasiones, es decir, estudia el campo del ahorro y el gasto, la ley y su violación. Lejos de proponer una apología del placer, un rescate de la crueldad o una "metafísica del mal", Bataille se mueve en el fluir a través de la lógica de la transgresión y se adentra en el ANTI SISTEMA, en el NO SABER, aquel que nada organiza, nada propone y aún con el más estricto rigor teórico, no cabe en nada ni en nadie, por ello en Bataille, sólo tenemos la narración, la experiencia.


Dicha experiencia tiene que ver con lo sagrado, con lo erótico, con todas aquellas actividades “desviadas” propiamente de la reproducción, encontrando ya el primer desafío al sistema, la primer transgresión ante lo que el “orden natural” así señala, pues no podríamos vivir solo con la acumulación de las energías que apiladas solo elaboran constructos cada vez más sofisticados para el crecimiento del sistema. Hemos de derrochar la energía, dilapidarla en formas no acumulables: masturbación, ebriedad, juego, risa, sacrificio, éxtasis...
Pero, ¿Cómo es que surge esa energía? ¿Qué entiende Georges Bataille por útil e inútil o improductivo?


Contrario al análisis convencional de la economía política que siempre ha explicado la dinámica histórica a partir de la escasez de recursos, Bataille en su enunciación de una Economía General, señala que la vida sobre la tierra es principalmente el efecto de una interesante exuberancia. Cito: “(…) la fuente y la esencia de nuestra riqueza se encuentra en la radiación del sol, la cual dispensa energía —riqueza— sin contrapartida. El sol da sin recibir”.[2]


La cuestión de esta economía general se sitúa en el plano de la economía política, pero la ciencia designada con ese nombre no es más que una economía restringida (a los valores mercantiles). Aquí se trata del problema esencial para la ciencia que trata del uso de las riquezas. La economía general pone en evidencia, en primer lugar, que se producen excedentes de energía, que, por definición no pueden ser utilizados. La energía excedente no puede hacer otra cosa sino perderse sin la menor finalidad, en consecuencia sin ningún sentido. Es esa pérdida inútil, insensata, lo que es la soberanía.[3]

Nuestro autor traza una economía de “(…) la energía sobre la tierra” que debe tomar en cuenta tanto la venta de un producto como la manducación, el don de una joya como un sacrificio humano.[4] Es decir, se trata de acuerdo con Bataille de pensar en términos de productividad/utilidad e improductividad/inutilidad, ya que precisamente éste último principio, el de inutilidad o pérdida, será el que incida en el movimiento de las acciones humanas.


Dice Bataille: “Los hombres aseguran su subsistencia o evitan el sufrimiento no porque estas funciones impliquen por sí mismas un resultado suficiente, sino para acceder a la función insubordinada del gasto libre”.[5]


Hablamos de gasto productivo, precisamente con el desarrollo, la expansión y lo referente a la acumulación de energía que los seres humanos reservan y les permite la subsistencia en la mundanidad, en el quehacer de la cotidianidad, sin embargo tal energía, se acumula de tal modo que “sobrepasa” la necesaria para su crecimiento y la reproducción ordinaria


(…)La radiación solar tiene como efecto la superabundancia de la energía en la superficie del globo. Pero en principio, la materia viva recibe esta energía y la acumula en los límites establecidos por el espacio que puede acceder. A continuación la irradia o la dilapida, pero antes de dedicar una parte apreciable de la energía acumulada a la radiación la utiliza en el máximo del crecimiento. Solo la imposibilidad de continuar el crecimiento de paso a la dilapidación.[6]

Por ejemplo, la reproducción sexual permite un gran consumo de energía excedente, consumo que puede llegar a un lujo innecesario y que es precisamente donde se configura la improductividad.


El gasto improductivo sustrae la esfera humana al trabajo, ya que precisamente se conforma por la pérdida gratuita del excedente de energía. El gasto improductivo es el que tiene la finalidad en sí mismo: no sirve para nada más que para el gasto; nos afirma como sujetos soberanos, mira nuestra libertad y nos libera de la instrumentalidad, suspende la cosificación o utilidad productiva. Para que haya gasto improductivo es necesario que haya un sacrificio lo que implica en términos de –nuestro autor- volver a lo sagrado.


El sacrificio es abandonar lo útil, la herramienta; y es un don, que es el suspender la identidad. El ejemplo que da Bataille es el del Potlatch, como ritual sagrado. Otro ejemplo es el erotismo. En un contexto donde el sexo era considerado como un fin para la reproducción humana, el sexo sin finalidad de procreación humana sostiene lo irracional y es, así, un gasto improductivo que se asemeja a la transgresión de la ley.


Para Bataille la sexualidad y la muerte son momentos agudos de una fiesta que la naturaleza celebra y ambas tienen el sentido del despilfarro ilimitado en contra del deseo de durar que es lo propio de cada ser, de ahí la afirmación de que el sentido último del erotismo es la muerte.[7] Además del erotismo, el arte de la poesía, las fiestas donde se desborda la energía, ciertos deportes como las corridas de toros, gastos suntuarios como el regalar joyas también constituyen ejemplos de gastos improductivos.


En la productividad el trabajo y la producción se desprenden de todas las connotaciones rituales, religiosas, subjetivas, etc.


El ser humano se encuentra sellado por la conciencia y la razón, siendo éstas las que nos lanzan hacia el trabajo y determinan las necesidades básicas de una mundana subsistencia: comer, beber, dormir, etcétera. Pero hay otro tipo de “intersticios” que nos remiten al campo inmaterial y que son subjetivamente variables, a diferencia de las necesidades primarias que son objetivamente fundadas, tales “faltas” se encuentran en el derroche de energía de forma “gratuita” que ejerce el humano, y que lo pueden conducir hasta el ámbito de la soberanía, que es el poder de elevarse en la indiferencia ante la muerte, por encima de las leyes que aseguran el mantenimiento de la vida.


La rebeldía es la única postura que otorga al hombre su “totalidad”, su máxima intencionalidad, su grandeza en la medida en que se sustituye su espíritu de conservación y apego a la vida por la tolerancia y búsqueda de la muerte. Es la necesidad de la materia viva de consumir el exceso de recursos lo que empuja al movimiento, a la acción, a la producción; gasto de excedentes de energía, que Bataille denomina consumición. La producción de materias y el conjunto del trabajo, tan ciertamente innecesaria para el conjunto de formas vivas que habitan el planeta, son nuestra forma cultural y vital de gastar o consumir este excedente que viene dado en primer lugar por una energía solar que posibilita de por sí sola la existencia de vida. Si la hipótesis de partida significa ya una ruptura con el resto de puntos de vista clásicos, las soluciones que plantea son aún más interesantes.
Leemos que se deja de hablar de consumo para hablar de consumación. Consumación es consunción, esto es: destrucción y gasto. Recuperar la animalidad perdida es buscar la soberanía: el negarse como siervo. La soberanía implica ir mas allá de la utilidad, implica un gozo del tiempo presente. Gozo que está presente cuando las emociones quiebran el instante de ruptura.
Es un más allá de la utilidad porque el hombre no sólo tiene hambre de pan, sino también de quimera. Por ello, en el campo de la economía general, el fundamento último es “(…) el sinsentido, que abarca en su estudio no solamente la energía espumeante y en ebullición del universo sino que aborda también la utilización y pérdida de recursos realizados por el hombre”.[8]

PROHIBICIÓN Y TRANSGRESIÓN: ELEMENTOS NODALES PARA LA COMPRENSIÓN DE LA CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD

Vivimos con las prohibiciones, formamos parte de ellas y se nos muestran de las más variadas formas: “La primera de estas prohibiciones es consecuencia de la actitud humana para con los muertos”.[9]


De ahí que se vincule en particular con la muerte y la reproducción (en sus especificidades a través de la prohibición del incesto, la sangre menstrual y la sangre del parto) Oposiciones radicales que se unen: Muerte y reproducción. Dialéctica que se afirma y se niega.


Así, las “(…) prohibiciones respondieron al parecer, a la necesidad de expulsar la violencia fuera del curso habitual de las cosas”.[10] En tal camino seguimos a Bataille en la afirmación de que
(…) La vida es un movimiento tumultuoso que no cesa de atraer hacia sí la explosión. Pero, como la explosión incesante la agota continuamente, solo sigue adelante con una condición: que los seres que ella engendró y cuya fuerza de explosión está agotada, entre en la ronda con una nueva fuerza para ceder su lugar a nuevos seres.[11]

En dicha vida “(…) no hay prohibición que no pueda ser transgredida y a menudo, la transgresión es algo admitido o incluso prescrito”.[12] Y es precisamente en el campo de lo humano en donde se evidencia y manifiesta la tensión: Prohibición-Transgresión.
Tensión que siempre aparece en el discurso, en los actos, en el vuelco que nunca suprime a lo prohibido y que es también un gasto inútil que excede y contrapone el mundo de la legalidad, pero más allá, de la noción de ley misma; lo que precisamente permite la conexión para el deslizamiento entre los seres discontinuos, precisamente aquellos que
(…) como seres que se reproducen son distintos unos de otros y los seres reproducidos son tan distintos entre sí, como de aquellos de los que proceden. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero solo él está interesado, directamente en todo eso. Solo él nace. Solo él muere, entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad.[13]

Y esa línea, ese brevísimo límite puede ser rebasado, roto -por ejemplo- en el campo de lo sagrado que es “(…) justamente la continuidad del ser revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser descontinuo”.[14]
Roto desde el acto erótico o el sacrificio que es en donde se revela su continuidad que “(…) recuerda la de unas aguas tumultuosas. En el sacrificio no sólo hay desnudamiento, sino que además se da muerte a la víctima (…) la víctima muere y entonces los asistentes participan de un elemento que esa muerte les revela”.[15]
También en la maravilla de la poesía, pues a decir del autor, ésta nos lleva al mismo punto que todas las
(…) formas del erotismo, a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y por medio de la muerte a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es la mar que se fue con el sol.[16]

En la medida en que el deseo (clave de la filosofía batailleana) se proyecte hacia la transgresión, siendo una de éstas la violencia que el humano podría tocar el espacio de lo ilimitado, de lo informe, la vorágine que va siempre más allá de cualquier significativo lingüístico, de cualquier acotamiento o representación espacial, he ahí la cima de la transgresión. Y siguiendo ahora a Foucault nos “(…) lleva al límite hasta el límite de su ser, lo conduce a despertarse ante su desaparición inminente, a encontrarse de nuevo con lo que excluye, a experimentar su verdad positiva en el momento de su pérdida”.[17]
No es casual, entonces, sino consustancial, que el camino del deseo lleve también a la violencia. Y en esa violencia inexpugnable queremos hurgar hoy, y específicamente en el “(…) terreno del erotismo que es esencialmente el terreno de la violencia”.[18]
En el alma del erotismo pelea la llama de la rebeldía; el erotismo se constituye como un rechazo a las prohibiciones, a todo lo que controla la vida; el erotismo es también búsqueda de delicia que lleva al paroxismo, y éste solo se logra con la transgresión de las normas; y aquí el desequilibrio de la belleza erótica se mide en proporción de la destrucción. El erotismo –dice nuestro autor, es “(...) lo que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser”.[19]
Somos eternos rehenes de la “moderna razón” y ésta continúa obstaculizando la gestualidad perversa en cuanto subordina la exuberancia del deseo a las funciones básicas del mantenimiento y la reproducción de la vida. Para lograr este objetivo estratégico, es decir, el control y administración de la vida, la “Razón”, por medio del lenguaje y las prácticas de poder, produce la "realidad" y, simultáneamente, produce también el plegamiento que instala determinadas fuerzas sobre un cuerpo, terminando por encarnar el "sujeto" del lenguaje lógico.[20]


En las escenas de la vida mundana, la razón ha pretendido reducir la fuerza del erotismo al campo de lo meramente sexual. Por ejemplo, en la forma visual y plástica contemporánea algunos autores manejan la espectacularidad y lo obvio: grandes imágenes genitales inmersas en horizontes lúdicos, o lo evidente, el sexo por el sexo. Lo interesante del lenguaje del cuerpo y su amplia gama de vislumbres es su capacidad de confrontación con el otro, su iniciática forma de ponernos al tanto de la fortaleza y la vulnerabilidad del hombre.[21]
Precisamente porque en el erotismo, lo que seduce es la transgresión de lo prohibido.
(...)En el sexo se muestra tan bruscamente ávido de todo lo que violenta el orden que basta el más imperceptible llamado de los sentidos para que de un golpe su rostro adquiera un carácter que sugiere directamente todo aquello que esta ligado a la sexualidad profunda por ejemplo, la sangre, el terror súbito, el crimen, el ahogo, todo lo que destruye indefinidamente la beatitud y la honestidad humana.[22]

Así entendido, el sexo es un acto en sí mismo, un acto que puede hacernos trascender en el instante de la totalidad universal; el erotismo puede emerger de un conjunto de gestos transgresivos en presencia del sentido y del sujeto, una negatividad de base entre el enfrentamiento y la correlación.


El campo de lo erótico necesita indisolublemente de la imaginación poética como ancla de la búsqueda dolorosa, el encuentro con la muerte.


Ahí, donde la ofrenda de un abrazo alejan por un instante perdido a los fantasmas del horror, y donde siempre se teje una compleja red sobre la experiencia de lo imposible, es donde se encuentra la expresión soberana.
Para Bataille, cada acto erótico es una herramienta de la trasgresión, cada interdicto expresa así su cabal inutilidad ante la dentellada nauseabunda de la muerte o ante la exánime consecuencia del éxtasis amatorio.[23] Lo obsceno, es la raíz de las energías vitales.[24] Los seres humanos dice Bataille vivimos sólo a través del exceso, por ello, hemos de estar abiertos, abiertos a la vida, y a la muerte.


“La transgresión se abre a un mundo centelleante y siempre afirmado, un mundo sin sombra, sin crepúsculo, sin ese deslizamiento del que no muerde la fruta y le hinca en el corazón, la contradicción consigo misma”.[25]


La idea del deseo está subjetivada en la separación de los amantes, de aquellos sujetos que viven en la expectativa de la fusión con el otro. Fusionarse para el desborde, cancelación de la identidad que nos enlaza con la locura.

LOS CAMINOS DE LA EXPERIENCIA INTERIOR:
EROTISMO, CUERPO, COMUNICACIÓN Y FRACTURA DEL YO


El erotismo exige siempre un cuerpo para manifestarse y quizá ese cuerpo sea siempre un cuerpo de delito. “Léase bien, no me refiero a un cuerpo del delito sino a un cuerpo de delito.


Todo cuerpo es bien concreto aunque el delito no lo sea y el erotismo lo señala aunque en realidad lo trascienda”.[26]

El misterio del cuerpo que habla es el misterio de la poética del inconsciente, es el misterio que tiene su causa en el deseo que lo habita, por esto decimos, es desde el inconsciente que el cuerpo toma voz y produce su llamado.
El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos vive por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito.[27]

El erotismo es un cuerpo que se escamotea a la materialidad aunque parta de ella, o mejor, es un cuerpo que se recrea o un cuerpo sobre el que se construye la poesía. Es por ello algo concreto, algo tangible, pero a la vez es un cuerpo inexistente en su concreción para detentarse en la concreción de la palabra. Cuerpo-texto que destruye el cuerpo - carne pero que se monta en él para transformarlo, para sustituirlo. Cuerpo que es delito, es más, que es perverso.[28]
El erotismo no es fruto de un impulso ciego, ni de un arrebato en el paroxismo de la locura. Pero si es, y aquí se marca la elemental distancia con otros autores, es la clara aprehensión de la experiencia del vértigo. La trasgresión no es colocarse más allá de la ley, como lo pretendió el marqués de Sade, sino en la ley misma, en los linderos de lo tolerable, donde se experimenta la extinción de todo orden, de toda identidad.[29]
Ser y estar en el cuerpo como un tejido que se hilvana y rompe en la continuidad/discontinuidad, territorio que se abre en un relato de desesperación, hendidura abierta que se traga al tiempo, cisma del pensamiento que derrocha risa, poesía y éxtasis que nos conforman.
La negación plena a todo aquello que nos reduce el mundo de la necesidad y de la acción.
(...)Ese mundo donde el trabajo se acumula, donde los bienes se atesoran, donde se satisfacen las necesidades, en suma, el mundo de la producción y del consumo elementales, es lo opuesto a la soberanía que anhela la poesía y toda experiencia auténtica. Mediante el gasto sin finalidad, el sacrificio, el potlacht, la experiencia imposible –porque las condiciones de posibilidad son parte de aquello que niega– nos ofrecería una serie de espectáculos, representaciones de la muerte.[30]

La risa, la poesía, lo sagrado, el erotismo, la profunda experiencia mística, son fugaces retornos a la continuidad aquella que está en los senderos de lo quimérico y que se toca con la perdida. Sacrificar al otro para ofrecerse también como materia de destrucción en el acto sacrificial. Dualismo en el que el sujeto se convierte en ejecutor y ofrenda del sacrificio.
Violencia profunda que se vincula con la experiencia conciente de la muerte, precisamente como una experiencia significada que se da a partir de ver y entender la muerte del otro, el acto erótico es entonces, el despliegue de la conciencia de la finitud, y al comprender la pérdida es necesario comprender también la otredad. Somos –sin duda- seres enclavados en la falta.
Esta dualidad del sujeto, su doble posición como objeto de destrucción y de entrega, va a conferir al acto erótico su particularidad. El acto erótico entonces, no es solamente esta confrontación agonística trascendental del sujeto con la ley --colocarse a sí mismo en los límites de la extenuación de la norma o de la legalidad--, es, sobre todo, perderse en esta turbulencia de la negación y la disgregación de las identidades[31].

El momento del encuentro erótico es el momento privilegiado de la fundación de un lazo de continuidad entre los seres. Es la ruptura de la discontinuidad a la que nos condenan el trabajo, los hábitos, el régimen de identidad cotidiana. Incluso nuestro nombre se vacía en la voracidad del encuentro. Construye la discontinuidad de la vida a partir de la continuidad que enlaza la vida y la muerte, es el momento de crispamiento de la vida y plenitud de la muerte. El erotismo –escribió el filósofo francés- es “(…) la aprobación de la vida hasta en la muerte”.[32]

En tales momentos, el sujeto se sustrae al mundo del trabajo y se pertenece a sí mismo, pertenece al mundo de la continuidad, experimenta la transgresión del límite, límite impuesto por el mundo del trabajo, por la ley, la razón, la palabra.
La experiencia interior, la experiencia soberana es el reino del no-saber, del éxtasis; en la medida en que se ha transgredido el mundo de la razón no es posible saber NADA, la espera se ha resuelto en NADA (como en la muerte), se ha hecho el vacío de pensamiento en el espíritu; nos hemos desencadenado de la actividad útil, se ha producido el advenimiento del milagro, la fusión del objeto y del sujeto, transfigurándose el sujeto en no-saber y el objeto en lo desconocido; nos alojamos en el plano del sí mismo, que podríamos nombrar como un lugar de comunicación entre los sujetos.[33] Estamos en el sitio de la conciencia que es una fisura en la indeterminación del ser, en la apertura del ser.

El éxtasis es el goce de sentirse engendrado en el infinito de ese instante.[34]

El erotismo se inscribe en el cuerpo pero se aleja totalmente de él, se convierte al volverse poesía en un no-cuerpo y, por tanto, todo erotismo está tocando, gozando el cuerpo pero al tiempo que lo evita y lo desmaterializa y lo vuelve palabra armada para descubrir al mundo, para batirse con él y contra él, para devolverlo entero a la mirada que lo busca, para trascenderlo y transgredirlo.
Imposible pensar en un cuerpo que no pese y no duela; estamos comandados por las palabras, con un lenguaje que se muestra, que es una huella de persistencia, una marca que se orienta hacia el dolor, un goce que sobrepasa la experiencia mística, que marca precisamente el orden de encuentro.

Éxtasis es embriaguez, desdoblamiento, vacío, cambio, delirio. Para Bataille, el éxtasis es el no saber, es fusionarse y desaparecer en el instante el sujeto y el objeto, lo que permanece es el no saber, la noche. Por ello la experiencia interior es la ampliación de las posibilidades humanas hasta su límite. “Definiría así gustosamente el éxtasis: el sentimiento alegre pero angustiado de mi estupidez desmesurada”.[35]
Ya años atrás Pierre Klossowski hablaría del erotismo en estos términos: “(…) Fuera de sí, el interior convertido en exterior, desplegados los pliegues del alma en las fijas volutas de mármol”.[36]
Nuestro esfuerzo incesante e inconsciente es un tender hacia fuera del tiempo, al instante extático que realiza nuestra libertad. Si etimológicamente existir es estar puesto fuera de la esencia, entonces el deseo es dejar de existir para recobrar esa esencia mediante la acentuación, hasta el paroxismo de lo humano, de la demasiada humana materialidad corporal.
El cuerpo desnudo será para Bataille la dimensión emblemática de la cancelación de la identidad.
-¿Quieres ver mis entresijos? -me dijo [Edwarda].
Con las manos agarradas a la mesa, me volví hacia ella. Sentada frente a mí, mantenía una pierna levantada y abierta; para mostrar mejor la ranura estiraba la piel con sus manos. Los "entresijos" de Edwarda me miraban, velludos y rosados, llenos de vida como un pulpo repugnante. Dije con voz entrecortada:
-¿Por qué haces eso?
-Ya ves, soy DIOS...
[...] Había guardado su postura provocante. Ordenó:
-¡Besa!
-Pero... ¿delante de todos?...
-¡Claro!

Temblaba; yo la miraba inmóvil; ella me sonreía tan dulcemente que me hacía estremecer. Al fin me arrodillé; titubeando puse mis labios sobre la llaga viva. Su muslo desnudo acariciaba mi oreja: me parecía escuchar un ruido de olas como el que se escucha en los caracoles marinos. En la insensatez del burdel y en medio de la confusión que reinaba a mi alrededor [...], yo permanecía extrañamente en suspenso, como si Edwarda y yo nos hubiéramos perdido en una noche de vendaval frente al mar. [37]

La desnudez revela al cuerpo en su fragilidad, colocado en esa inminencia del derrumbe de todas las barreras de sí. El cuerpo desnudo, indefenso, es el cuerpo en su capacidad de entrega radical, despojado de otra máscara que no sea su espera.
Es un cuerpo sometido a la presencia del otro, pero este sometimiento es la raíz de la intensidad que hace posible la voluntad de transgresión. Los sujetos entregados a la desnudez experimentan esa intensidad ante el resplandor de la finitud escenificado y celebrado en la presencia del otro, pero esta intensidad tiene algo de oscuro, de incierto, de muerte.[38]

Para Bataille, pensar el erotismo es pensar en la colindancia del don extremo y el despojamiento de sí mismo; es hablar de la celebración de la vida como derrame de la voluntad de disgregación, como desbordamiento de la intensidad. El cuerpo es el fundamento, el destino último y la potencia de la lucidez.

El cuerpo múltiple y sin fin, que construye Bataille se abre en la posibilidad que el autor construye en el ojo pineal, descrita como
(...) una ficción del comienzo que se aleja del orden de los datos originarios y da cabida a la topologizaciòn de la materialidad del cuerpo, a la manifestación de sus superficies. Esta fábula ficción aparece, como el mismo Bataille lo precisa, como la búsqueda de un absurdo dado en la angustia que nos permite recusar la pregunta por el origen para dejarnos depositados del sentido garantizado por el orden real y abiertos al sin sentido de lo desconocido.[39]

El cuerpo entonces, es desmoronamiento de los límites, lugar donde la transgresión tiene el espacio concreto, herida abierta que no es nada si el otro no me conforma, el otro que me constituye y que en el nudo carnal se hace partícipe de lo imposible.

En el erotismo, podemos en el instante desgarrar la noción de un cuerpo cerrado, y quedar abiertos, indefensos y poner en juego la existencia misma. Cito:
Bésame –me dijo- para ya no pensar. Mete tu boca en la mía. Ahora sé feliz un instante, como si yo no estuviera arruinada, como si no estuviera destruida... quiero arrastrarte en mi muerte. Un corto instante del delirio que yo te dé...?no vale el universo de imbecilidad donde los demás tienen frío?, te di lo que tenía, más puro y violento: el deseo de no amar sino aquello que me desnuda. Y ahora estoy más desnuda que nunca.[40]

Como leemos, en Bataille la fuerza o movimiento de la libertad que existe frente al ser amado, es violencia, angustia y todo ello contribuye a la resolución del amor en el vacío.[41]


EROTISMO Y MUERTE:
IR MÁS ALLÁ DE LOS LÍMITES DEL INTERDICTO


Tengo frío en el corazón y tiemblo
desde las profundidades del dolor te llamo
con un grito inhumano, como si pariera.
Tú me ahogas como la muerte
lo sé desgraciadamente
sólo te encuentro agonizando
eres bella como la muerte.
Todas las palabras me ahogan[42]


En el erotismo y la muerte, se produce un enloquecimiento espasmódico que nos corroe y nos lleva al fin último de todo acto erótico: ir más allá de los límites del interdicto.
“(…) La muerte deja, incesantemente, el espacio necesario para la llegada de recién nacidos y, sin embargo, maldecimos de un modo totalmente absurdo aquello sin lo cual no existiríamos.”[43] Dice en La Parte Maldita.


Hay en la muerte una indecencia, distinta, sin duda alguna, de aquello que la actividad sexual tiene de incongruente. La muerte se asocia a las lágrimas, del mismo modo que en ocasiones el deseo sexual se asocia a la risa; pero la risa no es, en la medida en que parece serlo, lo opuesto a las lágrimas: tanto el objeto de la risa como el de las lágrimas se relacionan siempre con un tipo de violencia que interrumpe el curso regular, el curso habitual de las cosas. Evidentemente el torbellino sexual no nos hace llorar, pero siempre nos turba, en ocasiones nos trastorna y, una de dos: o nos hace reír o nos envuelve en la violencia del abrazo... es debido a que somos humanos y a que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte el que conozcamos la violencia exasperada, la violencia desesperada del erotismo.[44]

El erotismo es también invención y fundación de un tiempo, y no la construcción mecanizada del orden de los cuerpos, es más bien, tiempo de encuentros. La condición única e irrepetible, quizá fatal y de un instante donde convergen dos sujetos en ritual de espera, en mutua destrucción de sí, en la posibilidad de creación y recreación de la experiencia de la finitud, “(…) lo que llamamos muerte es antes que nada la conciencia que tenemos de ella”.[45] Quienes convergen en el momento erótico, no podrán jamás repetir esa experiencia. Cada encuentro es único. No hay nada que se repite o se parece, la fugacidad es lo que permite la noción de voluptuosidad o de vértigo. Es el momento de encuentro entre la paradoja de discontinuidad y continuidad. La vida nunca será la misma, después del encuentro erótico.


Somos seres discontinuos, individuos que morimos aisladamente en una aventura ininteligible, pero tenemos la nostalgia de la continuidad perdida. Llevamos mal la situación que nos clava en la individualidad del azar, en la individualidad caduca que somos. Al mismo tiempo que tenemos el deseo angustiado de la duración de este caduco, tenemos la obsesión de una continuidad primera, que nos liga generalmente al ser. [...] Cualquiera puede sufrir por no estar en el mundo a la manera de una ola pérdida en la multiplicidad de las olas, que ignora los desdoblamientos y las fusiones de los seres más simples[46].

En el encuentro erótico fundamos una red de continuidad entre los seres. Y cuando ésta se rompe, cuando el mundo, vuelve a ser el mundo, otra vez nos subsumen los hábitos, el régimen de identidad cotidiana, las labores de la vida. Hemos vuelto de la maravillosa vaciedad de la discontinuidad de la vida a partir de la continuidad que enlaza la vida y la muerte, es el momento de crispamiento de la vida y plenitud de la muerte.[47]


(…) La muerte de uno es correlativa al nacimiento de otro; la muerte enuncia el nacimiento y es su condición. La vida es siempre un producto de la descomposición de la vida. Antes que nada es tributaria de la muerte, que le hace un lugar; luego lo es de la corrupción, que sigue a la muerte y que vuelve a poner en circulación las substancias necesarias para la incesante venida al mundo de nuevos seres.[48]

Por ende, paradójicamente al mostrar el sin sentido de la muerte, se nos está arrojando con más fuerza a la afirmación de la vida, y a romper con las estructuras y los órdenes que nos obligan a perdurar como seres cerrados.


La existencia discontinua de los cuerpos vestidos es horadada por la desnudez que de manera obscena desordena el estado de los cuerpos incomunicados, revelando los senderos hacia la continuidad posible de la piel descubierta, y que ya desposeída de toda individualidad duradera y firme se abre ante la muerte, donde ya no se trata de temerle o de pedirle que nos guarde algún paraíso prometedor. Cuando le apostamos a la vida del instante, la angustia ya no es espera; “(…) sólo se angustia quien ha caído en el tiempo, quien habita en un mundo donde prevalece la razón instrumental, la operación previsora, ahorrativa, que dispone de los momentos futuros”.[49]
“(…) El horror a la muerte no está solamente vinculado al aniquilamiento del ser, sino también a la podredumbre que restituye las carnes muertas a la fermentación general de la vida”.[50]
En Bataille nos sabemos en la muerte por el otro, pero también deliciosamente nos perdemos en el rostro sórdido de la muerte quieta y loca que sobrepasa incluso al “vértigo supremo”. Díaz de la Serna nos lo dice con claridad:
“(…) La muerte es lo único que existe suficientemente sucio. Nada mejor que ella habla del deseo que se apodera de los cuerpos entregados al exceso. Santo festín del cadáver: acto vano que no logra disminuir la desesperación suprema.”[51]


Con la voluptuosidad, vendrá el fallecimiento, pero después otra vez, la infinita posibilidad de transfigurar nuestra vida, aunque sea por un instante.
La voluptuosidad en que te hundes ya es tan grande que puedo hablarte: después de la voluptuosidad, vendrá tu desfallecimiento. Entonces partiré y jamás volverás a ver a aquella que te espero para solo entregarte su ultimo aliento. ¡Ah! Aprieta los dientes hijo mío, te pareces a tu sexo, a tu sexo mojado de rabia que crispa mi deseo como un grillete.[52]

La apuesta y en este camino creemos firmemente en Bataille es entender el cuerpo como sustrato, como sostén de la experiencia, la condición de arraigo en el ámbito de la existencia, y que posibilita formular el -sin sentido- cuando accedemos al rompimiento de los limites corporales, y alcanzamos con ello, la entera desnudez, la entrega radical a quien me dio plena existencia: el otro. Y es que en la muerte, “(…) La vida y el deseo hallan su unidad.”[53]


Entendemos entonces, el erotismo como transgresión, como juego extático, elevación, tensión que irresistiblemente toca fondo, habita el abismo, una especie de vértigo en el que el yo se disuelve, ya no es propio de nadie, sino que es esa fuerza de la sensualidad, la que crea ese despliegue de imágenes y metáforas, “(…) esa corriente vital que crea la luminosidad de lo erótico”.[54]


Oh, desventura! La sangre brota de mis senos
mi garganta se abre a la muerte con un fatal ronroneo...
Entrego mi vida a las sonrisas socarronas del placer:
en el olor embriagador del dinero.
Deja que una última atadura ciña a tus riñones
el vestido pegajoso de la muerte.[55]

LA POÉTICA BATAILLEANA Y LA
POSIBILIDAD DEL CUERPO POLÍTICO


Es importante partir de la concepción que sostengo de la poética batailleana. Hablo de la poesía en Geordes Bataille desde su odio a ella, desde su rechazo al lenguaje que significa, que afirma y llama a la cosas por su nombre, el lenguaje del sentido que convencionalmente es el lenguaje de la poesía.
Bataille rechaza el proyecto poético, que intente maquillar, espiritualizar, sublimar o embellecer lo que nos tortura, horroriza y repulsa, para nuestro autor no hay salvación ni refugio; odia aquella poesía intelectual que luce en los coloquios y obtiene premios, se opone a la poesía que se erige como discurso, que se sitúa en la seguridad de las cosas, aquella que desconoce o huye del vértigo, aquella poesía que no se asoma a la muerte, aquella poesía subordinada y encantadora.
Odia pues, los fetiches de la cultura.
Nuestro autor apela a otra poética, aquella que niega y rechaza al sistema, la poesía de la insubordinación, donde me atrevo a sostener que aquí guarda también, sin que el mismo Bataille así se lo propusiera o siquiera pensara; una visión política, de esa otra política subversiva que a través de la poesía cuestiona y enfrenta lo establecido.
Una poesía de lo desconocido; perder, morir, disolver, desaparecerse y no dejar poesía.
Rimbaud, Baudelaire y Artaud hacen poesía desde esta concepción, una poesía que se sobrepasa a sí misma, la poesía como acto de destrucción.
Por este camino Julia Kristeva señala que para Bataille, el lenguaje poético es una irrupción violenta de la negatividad del discurso que denuncia toda unidad y destruye al sujeto.
Desbaratando la lógica, atentando contra la realidad y no en el sentido de aniquilamiento, sino empujando a la realidad hacia la nada: il sombre dans la nuit.[56]
Entonces cuando los cuerpos se vuelcan y se estremecen, cuando se muere con el otro en el instante del paroxismo, ya no se esta partiendo del concepto de la angustia sino se narra el propio dolor, la experiencia de la angustia y la muerte. Es ahí donde también se encuentra la poesía, donde está el silencio. Una fuerza que se da por la supresión del lenguaje y el discurso.
Hablamos de la apertura radical, con la creación de nuevas resistencias -que nos permitirían-, llevándolas al plano de la discontinuidad, de la vida cotidiana, nuevos sentidos a nuestras relaciones de reconocimiento y convivencia con el otro. La belleza y el horror del otro.
Desgarraduras que a cada momento se configuran, enlazan y reconvierten. Indispensable una transgresión de las polaridades, que como Bataille ha propuesto, “(…) podría ser el sentido profundo de ciertas experiencias místicas”.[57]
Lo que sustentaría por ejemplo, una subversión en las vías de comunicación erótica, y que implica la hipótesis de que al fragmentar la experiencia de la emergencia del vacío se confirma con claridad la liberación de uno mismo, y así posibilitar la disolución de sí, la ausencia de sí, la aproximación a la muerte, ser parte de todo para estar abiertos a todos. Una a identidad liberadora, que permitiría sin más, la refundación de las formas de vida discontinuas, del separado y distinto por medio de la comunicación intima con el otro, esa comunicación que desgarra la crisálida protectora de su yo, para quedar abierto y desnudo ante la noche. Desnudos y abiertos, reconocernos, sabernos y posibilitar otras formas de comunicación.
Temas como el agua, el ojo, el mar, el cuerpo, el deseo, la piel, horror, la risa, la noche callada, la embriaguez, la oscuridad, la desmesura, el recuerdo, la nostalgia, el vivaz y desgarrador instante, el sueño, el exceso y por supuesto, la nausea, pueden ser bajo esta perspectiva, nuevas categorías para un cuerpo dialógico, también para un cuerpo poético y por supuesto, para un cuerpo político.

[1] Bataille, Georges, La experiencia interior, Taurus, Madrid, 1981, pp. 183-184.
[2] Bataille, Georges, La Parte Maldita, precedida por La noción de consumo, Edhasa, España, 1974, p. 64.
[3] Bataille, Georges, “De la economía restringida a la economía general. Un hegelianismo sin reserva” en Derrida, Jaques, La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona, 1989, p. 371.
[4] Ibidem, p. 378.
[5] Bataille, Georges, “La noción de gasto” en la critique sociale. número 7, enero de 1933, Trad. Israel Lugo Hernández, p. 12.
[6] Bataille, Georges, La parte maldita, precedida de La noción de gasto, Icara, Barcelona, 1987, p. 65.
[7] Bataille, Georges, El erotismo, Tusquets, Barcelona, 1997, p. 25.
[8] De la Fuente Lora, Gerardo y Flores Farfán, Leticia, “El erotismo y la constitución de agentes transformadores”, Tesis de Licenciatura en Filosofía, UNAM, México, 1984, p. 45.
[9] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 46.
[10] Ibidem, p, 59.
[11] Ibidem, p, 63.
[12] Ibidem p, 67.
[13] Ibidem, pp. 16-17.
[14] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 27.
[15] Ídem.
[16] Ibidem, p. 30.
[17] Foucault, Michel, “prefacio a la transgresión” en Lenguaje y literatura, p. 128.
[18] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 21.
[19] Ibidem, p. 33.
[20] En este sentido, el cuerpo y los quehaceres y discursos que lo habitan, han generado un cuerpo encerrado en los límites de la piel. La corporalidad es aquello que sólo puede existir en un lugar del espacio a la vez y dentro de las fronteras de su figura física. Así pensó el cuerpo Descartes y así lo piensa hoy la modernidad.
[21] Rocío Cerón es poeta, Texto leído por la autora en la mesa redonda sobre sexualidad y arte, dentro del ciclo Políticas de identidad, en X`Teresa Arte Actual, versión estenográfica, 2003.
[22] Bataille, Georges Historia del Ojo, Premia, colección los brazos de Lucas, México 1987, p. 23.
[23] González Vidaña, Braulio, Georges Bataille y la transgresión de la mirada, s.d.
[24] Sontang Susan, “Sade y Bataille” en Revista de la Universidad de México, Literatura y pornografía, Volumen XXXII, número tres y cuatro, noviembre- diciembre de 1977, p. 86.
[25] Foucault, Michel, “Prefacio a la transgresión” en Lenguaje y literatura, p. 130.
[26] Glanz, Margo, “Poesía y erotismo” en Bataille Georges Lo imposible, Premia editores, México, 1989, p. 17.
[27] Octavio, Paz, La llama doble. Amor y erotismo. Seix Barral, 1993, p. 78.
[28] Glanz, Margo, “Poesía y erotismo” en Bataille George Lo imposible, op, cit, p. 20.
[29] Mier, Raymundo, Bataille: Erotismo y trasgresión, s.d.
[30] Mattoni, Silvio, La lucidez y el deslumbramiento Prólogo de “La felicidad, el erotismo y la literatura”, de Georges Bataille en http://www.revistalote.com.ar/Nro059/lucidez.htm
[31] Mier, Raymundo, Bataille: erotismo y trasgresión, op. cit,, p. 78.
[32] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 15.
[33] Novalbos Francisco, Rosa, “Acumulación y gasto: Lo trágico en Georges, Bataille” Conferencia pronunciada en el XXXVI Congreso de Filósofos Jóvenes celebrado en Madrid, abril de 1999.
[34] Rosado, Juan Antonio, “Erotismo, misticismo y arte” en periódico unomásuno, 1 de octubre del 2000.
[35] Bataille, Georges, La experiencia interior, op. cit., p. 183.
[36] Klossowski, Pierre, Roberte esta noche, Era, México, 1983, p. 45.
[37] Bataille, Georges, Madame Edwarda, Tusquets, Barcelona, 1988, pp.48-49.
[38] Mier, Raymundo, Bataille: erotismo y trasgresión, op. cit.
[39] De la Fuente Lora, Gerardo, Flores Farfán, Leticia, “El erotismo y la constitución de agentes transformadores”, op. cit., 35.
[40] Bataille, Georges, Mi Madre, Premia editora, Los brazos de Lucas, México, 1983, p. 141.
[41] López Farjeat, Luis Xavier “La comunicación: Breton, Bataille y Paz” en Breton, Bataille y Paz Dialéctica del espejismo surrealista, s.d.
[42] Bataille, Georges, “Tengo frío...” en LAYLAH, Revista de cultura oscura, Número 11, 2003, http://www.laylah.net
[43] Bataille, Georges, La parte maldita, EHASA, España, 1974 p.70.
[44] Bataille, Georges, Las lagrimas de Eros, op. cit., p. 69.
[45] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 48.
[46] Ibidem, p. 28.
[47] Novalbos Francisco, Rosa, Acumulación y gasto: lo trágico en Georges Bataille, op, cit.
[48] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit., p. 59.
[49] Díaz de la Serna, Ignacio, “Tu que aumentas los pecados del mundo” en Los bufones celestiales. Estudios de filosofía-historia-letras Otoño 1991, http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras26/texto4/sec_1.html
[50] Bataille, Georges, El erotismo, op. cit, p. 59.
[51] Díaz de la Serna, Ignacio, Del desorden de Dios, Ensayos sobre Georges Bataille, Taurus, España, 1997, p.50.
[52] Bataille, Georges, Mi madre, op. cit., p. 142.
[53] García Ponce, Juan, Las huellas de la voz, Volumen 4, ficciones, Joaquín Mortiz, México, 2001. p, 18
[54] Ibidem, p, 35
[55] Bataille, Georges, “Corifea” en LAYLAH, Revista de cultura oscura, Número 11, 2003, http://www.laylah.net
[56] Kristeva, Julia, “Bataille, l’experiencé et la practique” in Bataille, Paris, U.G.C. 1980, Trad. Israel Lugo Hernández, p.18.
[57] Georges Bataille, El erotismo, op,cit., p. 59.

2 comentarios:

Rossa Nova dijo...

Qué cosas! Después de nueve años escrito y de haber abandonado profesionalmente la filosofía todavía hay gente que lee mi única y mediocre conferencia... Mediocre porque hubo de ser leída y aburrió al público... Salvo el párrafo inicial, por supuesto. Bueno, aquí os dejo la dirección de la conferencia sobre Bataille, que a Diana se le ha olvidado ponerla:

http://www.filosofia.net/materiales/ensa/Batailleconf.htm

Un saludo para tod@s y un fuerte beso para Diana; ánimo sigue así, intentaré seguir tu blog.

Francisco Rosa.

luna_zapatista_poliamorosa alias Diana dijo...

Ohh!! es una gran sorpresa y un honor que hayas leído este trabajo sobre Bataille, y muchas gracias por el dato completo de bibliografía, pues he de contarte que precisamente tú conferencia llego por medios infortunados en cuanto a la falta de datos y en copias, pero a mi no me ha parecido aburrida en ning{un sentido, sino precisamente dio luz para el trabajo que acá presento. Gracias, muchas por estar acá.
Un abrazo a la sombra de la distancia.
Diana