Las brujas que somos

Las brujas que somos
La vida está en gran parte compuesta por sueños. Hay que unirlos a la acción: Anaís Nin

domingo, 9 de mayo de 2010

Y… arañaron mis senos


Y… arañaron mis senos.



Son muy pequeños, apenas alcanzan el mes y no entienden porque la carnita protectora y llena de pelos que los amamantaba ya no llegó. No saben de dramas ni de extrañamientos, no tienen duelos ni lidian con la ausencia, sencillamente tienen pulsión, y con ella mucha hambre.
Son cuatro y parecen el reflejo de un mundo hambriento, que aunque no entiende el porqué de una situación así; de las desigualdades y jodidas luchas de clase, piden, exclaman, reclaman.
En casa de mis padres ya habitan tres gatos, dos iguanas, diez peces, un perro, ahora mi hija luna de visita y por ahora cuatro gatos blancos con manchitas en la sien, pintos, grisesillos y más blancos, más gritones, hermosos.
Las posturas en relación a que se queden en casa tienen dos vertientes: una de ellas alega que “no se puede hacer nada ya por el mundo” y por ende, el tener estos gatos genera más problemas, implica nuevos compromisos y si “uno se la pasara recogiendo animales, terminaría loco”. La otra dice, que “tal vez no se arregle el mundo, pero mientras tantos ellos están hambrientos”.
Y es cierto, no sólo están con una boca devoradora sino además se acomodan en lo calientito, les encanta la compañía y son seres sintientes que como tú y yo, les fascina la caricia, tiemblan ante las palabras calurosas, caminan en la vida si se perciben amados.
Comen cada cuatro horas, y mientras les hemos improvisado una mamila producto reminiscente de un tinte de cabello, ellos se afilan sus uñas en lo que pueden: cabellos, ropas de diferentes texturas, pieles y por qué no, los senos que se le acerquen.
Ya corretearon a Saturno, el perro french y sus tetitas, nomás no están desarrolladas para el asunto, además aunque tiene una actitud bien paternal se desespera bien pronto. De pantera la gata hembra en casa, nomás los ve y le corre con holgura y ojos enormes. Nomás no quiere.
Humanos y gatos en una relación compleja, y por lo menos para mí, muy comprometedora. Sus cuerpos son frágiles y hay que estarlos sobando, y cuidar que su aparato digestivo funcione pues es muy fácil que se “tapen”. Hay que tener tiempo, pues a cada ratito es importante cambiarles el lugar para mantenerlo limpio, hay que ver que la leche que es sólo la que ahora toman, no la primera que en un bote éste (además ¿saben de modo total cómo a las vacas les extraen la leche? Uf! Tomamos leche a partir de su violación y confín) sino ponerla a temperatura agradable y en la dosis precisa, hay que apapacharlos mucho.
Llevo cinco sesiones con ellos para su alimentación. En la noche tres ocasiones, y mientras escribo esto sus maullidos me indican que ya es el momento, ¡córrele Diana, tienen hambre!
Ohhh…. Pero anoche fue especial. Y lo contaré muy rápido pues el tiempo y la maña humana de colocarle los adjetivos a todo, me apresura.
Llevaba un pantalón de mezclilla muy cómodo (de aquellos donde aunque no resaltan o moldean nalgas… son los entrañables) y una blusa de algodón (por supuesto negra) y sin sostén. (tengo mi guerra interna contra ellos, aunque también el fetiche de la lencería)
Era tres de la mañana y la conversación que había sostenido con Alma estaba en un tono exquisito. Me tuve abruptamente que despedir y confieso que algunas humedades se habían quedado suspendidas en mis axilas, comisuras y por supuesto en los pliegues de mis pliegues, los humores frescos de mi vulva, las frutas de mis cabellos púbicos.
Fue entonces el pretexto perfecto para colocar a los cuatro gatos sobre mi cuerpo, no desnudo, no húmedo, sino fuerte y en actitud de madre humana alimentadora. Pero los jugos se combinan, la leche también, y mientras ellos tomaban uno a uno de su mamila, con toda peripecia mi mano descubrió una de mis tetas, donde los dejaba en el reposo y la espera mientras él o la otra (esto de los géneros es tan absurdamente humano), comían vorazmente.
¡Qué uñas… compañeros míos, que uñas! Finas, finísimas y rasgantes. Uno incluso al notar la protuberancia, quiso encontrar el pezón e ingenuamente hurgar en la matriz de una leche suntuosa. Pero no había leche, solo un pezón erguido y muy, muy duro. Había una humana que comenzaba lo viaje entre lo extático y lo doloroso (¿qué no es lo mismo?), pues mientras uno seguía comiendo, los otros tres en el seno izquierdo, rasgaban con la fuerza del sediento mordaz y al ver que nomás ese pezón no les funcionaba para su propósito, entonces se dirigían al cuello ha consquillear y seguir rasgando. Fue el oleaje de un seno, fueron unos arañazos que hoy son el comenzar de una semana tremendamente ocupada y espero también inasible y agitada.
Por favor, por favor, en una semana más cuando ya estén listos para la convivencia con humanos solidarios, que puedan ser compas de vida, adopten uno, o dos, o tres o los cuatro. Ya hoy comenzamos con la enseñanza del arenero, y en esta semana de otros menesteres. El tejido hacia su autonomía alimentaria va gestándose. Se trata de solidaridad, se trata también de un modo sencillo, apostarle a que sí se puede cambiar el mundo.
Te, se los llevo hasta donde me digan, uno de estos gatos quiere arañarte amorosamente la vida. ¿Les das una oportunidad?


Cotidiana y húmeda de la sangrita del seno izquierdo.

Diana Marina Neri Arriaga



"El cuerpo es la permanencia de un oleaje innumerable, la forma de un recuerdo, es decir una imagen. En cada hombre esa imagen repta con mutaciones casi inexpresables, pero ese inasible tiene la medida de su sexualidad"


Paradiso, cap. IX José Lezama Lima

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