viernes, 7 de diciembre de 2018

LAS IMPLICACIONES DE UNA POLÍTICA RADICAL DE LOS AFECTOS

Cuando hablamos de una política radical de los afectos y empecé a pensar/actuar desde el contra/amor es porque hay cuestiones básicas que en las relaciones con las/os/es otras son importantísimas desmontar, algunos ejemplos: idealización, expectativas, perdida de sentido de realidad.

Me da muchísimo gusto la euforia, las risas, las esperanzas, ese decir amable de muchísimas personas ante la llegada de López Obrador, no dejo de ser partícipe de esa emoción de un zócalo lleno de calidez y no de coches blindados, autos de represión, granaderos persiguiéndonos, frustración y muchísima impotencia, años de fraude electoral, no soy ciega, y acompaño el entusiasmo.

Sin embargo, y llego el momento de los peros, me parece que estamos perdiendo sentido crítico y escepticismo que son elementos importantes para una reflexión objetiva y no un remolino de emociones muy parecido al enamoramiento y la limeranza. Ayer veía imágenes donde se notaba y contagiaba esa intensa sensación de euforia, donde las personas “enamoradas” de lo que está por venir, “proyectaban” sobre su objeto, es decir la figura de López Obrador, todo el sentido de responsabilidad sobre un nuevo México sin corrupción, justicia, y tantos etcéteras que anhelamos. Es esa construcción cultural de pareja monógama y heterosexual donde el “enamoramiento” opaca la vista y no vemos lo que tenemos enfrente, sino lo que “desearíamos que fuese”.

Hace unos días estaba de hombros caídos escuchando a cientos de estudiantes en un debate sobre liderazgo, sosteniendo la “necesidad” sobre la urgencia de uno. Sus argumentos: Las personas no saben lo que quieren, no se saben organizar, hay que reconocer que hay quien sabe hacer mejor las cosas, no todos “deben mandar”, una cabeza piensa mejor que muchas y entre otros elementos que nos dejan entrever que ya está muy enrazada una especie de servidumbre voluntaria ( recomiendo darle una leída a Etienne de la Boetie) y que con toda legitimidad estamos esperando aquel que ahora sí, no nos falle, el que sea un poco como el tata Lázaro o algún revolucionario del pasado (que por cierto, si nos ponemos a investigar de fondo, esos masculinos de “revolucionarios” poco tienen y sí de los forjadores de institucionalidad actual) el que por favor no nos defraude, ahora sí en pocas palabras “el verdadero amor”.

En muchos espacios he sostenido que el amor es un discurso y como tal, no siempre alcanza para cubrir (a veces sí maquillar) toda la gama de afectos que nos conforman. De ahí que lo que está pasando es un caleidoscopio que ojala sobrepasara “el idealismo de la esperanza”: Celebro que haya un gabinete paritario y que Olga Sánchez Cordero asuma una secretaría de Gobernación (lo digo en la contradicción, dado que personalmente estoy contra todo lo que el Estado representa), pero de ningún modo estoy de acuerdo con la construcción del tren maya o la parafernalia mediática de la entrega del “bastón de mando” que invisibiliza a los cientos de pueblos originarios, me encanta que los Pinos se vaya a convertir en un museo/espacio cultural, pero jamás en avalar al ejército, militarizar al país y hacer ahora una “nueva guardia nacional” (además que vergonzoso las cientos de personas que acosan al tipo del ejército de la toma de protesta, a partir de su supuesta guapura o lo que sea), ejemplos hay muchos, y no todo es blanco y negro, y todo está abierto a muchos caminos e interpretaciones que ahora con des/fortuna se están convirtiendo en bandos facciosos. Los amlovers y los hateamlo.

Es preocupante como la derecha está nutriéndose entre complejos doña Florinda, clasismos y marchas fifí. Es preocupante como una izquierda institucional se está fortaleciendo y repitiendo viejos esquemas de un dinosaurio que tiene nuevos rostros, pero lo más, más preocupante es que tú y yo, estemos hablando de López Obrador, mientras no hacemos nada para trabajar en una organización vecinal, en un replanteamiento en las maneras de convivencia con nuestra/os amigas, pareja o relaciones de vida. Mientras seguimos aceptando en el trabajo la tiranía de explotación disfrazada de vida Godínez y consumismo de fin de semana, sin que miremos más allá de una calificación para acreditar una asignatura o el regocijo del inicio de la quincena. Sin cuestionar la asimetría en nuestras acciones cotidianas, subiéndonos a tabiques de poder y haciendo activismo desde nuestros celulares. Sobre todo, sin dimensionar que no se trata solo de un cambio a la “superación personal” y en la cantaleta del “sí yo quiero, puedo”, sino de un andamiaje ideológico político y económico sustentado en la cosa esa del patriarcado y capitalismo que juegan al amor romántico, ese, que ahora inunda las calles de muchos espacios en el país.

Cuando proponemos una política radical de los afectos y de contra amor, hablamos de una posición y acción ética y política contra cualquier discurso amoroso que violente y controle al ser humano, que cuestiona los mitos, ilusiones y expectativas de los imaginarios hetero-monógamo-normativos, fincándose en ejercicios libertarios a través del consenso.

No hay panaceas ni caminos “verdaderos”, hay construcción de confianza y puentes. Las y los zapatistas por ejemplo, desde la cercanía con la tierra, el trabajo de resistencia y los pasamontañas tienen mucho que decir, y nosotra/os (sí queremos) mucho que escuchar.

Accionar y humildad para el camino que viene.

Somos tierra.

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