A
desdibujar el mundo: El mito de la monogamia.
DIANA
MARINA NERI ARRIAGA
Cuentan mujeres y varones que cuando los dioses
crearon al mundo, nada tenía un sólo lugar,
sino varios, muchos tejidos y caminos. Las mujeres sembraban hombres en
invierno, para disfrutar de sus cosechas en verano. Hombres tuétano que sabían
delicioso y que hablaban una lengua extraña, la lengua de los Nú.

Las y los dioses
disfrutaban viendo a sus retoños divertirse, jugar y retorcerse en ese paraíso
de encuentro, todos y todas hombres, mujeres y dioses tenían un cuerpo libre y
abierto para experimentar placer, goce y otras lisonjas que como resultado de
sus acuerdos grupales, habían decidido compartir. Sin embargo desde los cielos Manea, "Dios de los
corazones", convoco a algunos de sus hijos envidiosos para preguntarles
que les parecía la organización del mundo. A la convocatoria participaron
entusiastas, todos aquellos que no podían convivir con los humanos y estaban
condenados a esconderse para observar por la mirilla del cielo. Entre ellos
destacaba Trombú "guardián de
las nubes", quien de inmediato cuestiono esa felicidad.
-¿Por qué son los hombres la cosecha y no al revés?-,
Increpó.
Manea, quien era conocido
por sus variaciones de carácter y su modo voluble de relacionarse con las
mujeres, no supo que contestar. Entonces, todos los hijos, hablaron de lo que
habían escuchado de otros poblados lejanos, donde las mujeres eran presas,
sirvientas, esclavas, reses de utilización, y donde ni siquiera “se cosechaban”
sino todas eran sacadas de una productora de costillas, y por ende resultaban,
dóciles, obedientes y sumisas. Sabían que ese no era un mundo feliz, pues la
mitad de éste se encontraba esclavizado y otros tantos no entendían porque si
los dioses Rú yMa nos habían hechos
iguales a partir de ser distintos, había razón para mandar unos sobre los
otros.

Pero lo importante decían
estos dioses envidiosos, era que podía establecerse un reinado donde los dioses
se constituirían como la guía de la vida
para los humanos y estos a su vez se erigirían como “trascendentales” ante
otras especies; en fin un mundo triste y jerarquizado, y aunque nadie estaba
contento, ¡Qué importaba! Se podía proclamar sobre el “orden natural del
mundo”.
No más amor libre, ni
verbos compartidos, sino acumulación de cuerpos, reglas para el espíritu,
solidez para las jerarquías.
De esa reunión salió un
acuerdo, que evidentemente todos los otros Dioses que no habitaban el cielo no
aprobarían, particularmente las fuerzas de la oscuridad que sabían que con
tales medidas romperían con el equilibrio de la creación, y por supuesto que se
negaban a volver a los humanos en presas de sus ambiciones y enajenados de fe.
Pero, poco importaron sus reclamos, Trombú
buscó en la tierra a los hombres de codicia, a los que
"veneraban" el poder y ansiaban "tener" aunque sea un poco
de su velo, y con la hegemonía de los primeros alineados, declaro la guerra y
organizo a las nubes para esconderlas atrás del prepucio (el monte sagrado) y desde ahí, regodear con
el sol todas las actividades.
Ya no había luna, ni
noche. Reinaba un calor insoportable, las cosechas de hombres se secaron, y las
mujeres dejaron de menstruar. Manea se encargo de dotar a humanos y dioses de
una decepción infinita y la convirtió en el bastión de las emociones humanas,
Las mujeres que danzaban voluptuosas dejaron de hacerlo y se fueron secando, algunos
hombres bebían de su semen pero resultaba tan ácido que comenzaron devorar todo
a su paso, "creyendo" que así volvería a sus delicias, pero por lo
contrario, toda cosecha había terminado.
No quedó más, fueron a
esas tierras donde había costillas e hicieron múltiples encargos. Las mujeres
eran diseñadas de acuerdo a las
peticiones de Trombú, quien previamente se despacho en la cena -acompañado de vino blanco- a Rú y Má, los grandes padres/madres.
Ahora sólo quedaba fijar las últimas reglas.
Para sofocar de una vez
por todas la libertad y las posibilidades de renovar las esperanzas, era
necesario establecer algunas reglas sociales. Ya no más consensos ni palabra
abierta, sino determinaciones divinas que colocaban a la propiedad privada y la
acumulación como pilares de la nueva historia. De ahí que los nuevos hombres,
las nuevas mujeres comenzaron una guerra, y no contra los dioses, sino contra
ellos mismos. En una primera batalla el hombre acumulo mujeres y las preño como
garantía de su triunfo, y a esto le llamo familia. Inculco el miedo sobre el
cuerpo y la sutil prohibición a la experimentación entre todos, particularmente
contra ellas y le llamo decencia. Finalmente Manea al morir decretó: “El corazón –siempre lo hemos sabido- sólo
late con mucha fuerza no sólo cuando está ante un humano, sino ante varios, ahí
radica su poderosa capacidad de compartir, pero en una tierra estéril como la
nuestra, nos corresponde privatizarlo, por tanto designo que el corazón dejará
de sentir como lo hace hasta ahora, y no serán sino las instituciones las que
decidirán a cuantos amar y cómo hacerlo, de no ser así, serán expulsados de esta
panguea”.

Así pues nació la monogamia y el modo en que hoy nos
relacionamos hombres y mujeres.