Las brujas que somos

Las brujas que somos
La vida está en gran parte compuesta por sueños. Hay que unirlos a la acción: Anaís Nin

miércoles, 23 de abril de 2014

fresas

¡Esta a punto de llegar! Me preparo desnuda y muy emocionada.

He tardado horas en tenerlas listas, pero me encantan. Esas fresas se ven rozagantes, rojas y listas para que viajen y dentro del coño exploten a todo vapor.

Me coloco frente al espejo y abro bien las piernas, acaricio uno a uno mis pezones, acomodo mis cabellos y le doy dos, tres pellizcos a mi ombligo con quien tengo cierta complicidad ante  los remolinos de galaxia y las humedades contenidas. Por fin llegó a mi concha y ésta, insolente y ruidosa responde alegre a la intromisión, se asoma suave y coqueta  susurrándole a la fruta: “vengan, estoy muy mojada para ustedes -adelante-  las envolveré muy bien”.

Mientras tanto, jugueteo con los cabellos locos que reguardan toda la vulva, es un bosque inmenso, que juega al desenredo en los dedos agiles y al encuentro con un granito de maíz que no quiere perderse de  las risas y de su día que apenas va a comenzar. Y me muevo como pianista, aquí, allá.

Al abrir la puerta y encontrar su llegada, sin más, tarareo y le pido se acerque, que mire mi cuerpo hinchado ante un regalo muy especial.

Besos lentos y después galopantes, ¡Oh que bien chupa! Después incoherentes sacudidas, una y otra más, ¡Polvo de nebulosas!

Mientras tanto, coño y fresas mantienen su idilio, y la mar con sus oleajes de luna voraz ya quiere escurrir, atiborrar el deseo y reclaman impetuosas que otras voces se les unan, por lo que con voz ansiosa y tiernamente enérgica sostengo:



¡Come mi coño ahora!

Baja y toca los primeros labios, se posa en mis gruesos cabellos y comienza a mordisquear, le pido lo haga fuerte, más, fuerte, más fuerte, que un néctar espera.

Comienza el viaje al túnel, pero de pronto se levanta con desconcierto y corre, corre al baño.

Mi cuerpo se tensa, la cascada de modo abrupto se vuelve apenas un riachuelo y no me queda más que sacar a tres fresas pálidas y desconcertadas que yacen a un lado de la cama, con espasmos de interruptus…

“Tengo alergia a las fresas” me recibe con los labios hinchados y ojos apenados.

Fin del idilio de las fresas y mi coño. Mi ombligo apenas alcanza a sonreír socarrón antes de que lo sacuda y lo cubra.

Estoy despeinada, pero… corremos a la farmacia.

DIANA MARINA NERI ARRIAGA

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