miércoles, 23 de enero de 2019

Quiero ser una bruja.


Hace unos meses, me compré un sombrero bien chulo. Y en ese momento se desbordaron los supuestos insultos que meses y años atrás ya murmuraban.

En el pasado, con voz bajita y casi inaudible me han dicho infinidad de veces "bruja". Me lo han dicho mujeres ancianas que me miran con mucho enojo mi pentáculo y lo interpretan como "un pentagrama maldito y satánico", alguna ocasión una mujer joven que salía de una iglesia y que después de murmurar, corrió como si al decirme bruja me hubiese exorcizado.

Una vez un grupito de estudiantes que al entrar a una primera clase, dijeron entre sí: "¡Oh, ya vieron la profra, parece bruja! También alguna vez, algunos varones acompañaron el bruja con el "puta" y que sonrientes querían marcharse, reafirmándose, y digo, "querían marcharse", porque mi respuesta ante el acoso callejero siempre ha sido fuerte e increpante.

El punto es que cuando ese simpático sombrero llego a mi, conté en un lapso de cuatro o cinco horas más de seis ocasiones en espacios de transporte público y la calle, que personas diversas ya no lo murmuraban, sino tres de ellas, lo gritaban. Sí, me gritaban bruja desde la otra acera, y se reían, y les parecía simpático y vociferaban que no eran halloween o que a que fiesta de disfraces iba.

Como dice Josep Muñoz, tenemos algunos parásitos del pensamiento como los prejuicios, los estereotipos, la ignorancia, los fanatismos, que cognitivamente nos restringen en nuestra dimensión de apertura y/o comunicación con el otro, y que como sociedad, (eso ya lo digo yo) nos mantiene ajenos, casi enemigos.






Tanto que trabajar en sensibilizarnos y aprender a respetarnos en nuestras diversidades y trasgresiones. Tanto camino para aprender y practicar el respeto, no como discurso, sino como acto de libertad en las prácticas cotidianas.


Mientras tanto, ejercito los auto-cuidados para que no sentirme agredida, porque sí algo (entre un mar de vida) precisamente me interesa, es ser una bruja. Una bruja desde el feminismo, el paganismo y como vivencia directa de transgresión.


Por ello cada vez que me dicen bruja, sonrío y les decreto, tres veces tres.








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